Una vida larga y corrupta seguida por cinco minutos de gracia perfecta te hace ir al cielo. Un lapso igualmente largo de vida decente y buenas obras seguidas por el exabrupto de tomar el nombre del Señor en vano, luego uno tiene un ataque al corazón en ese momento y es maldito por toda la eternidad. ¿Es así el sistema? Robert Heinlein

Confesando ser unos fanáticos: la Iglesia Católica

Si ya expuse ejemplos de cristianos protestantes donde estos demuestran abiertamente su fanatismo, como Lane Craig y Ken Ham, ahora los toca el turno a los católicos. Y no lo voy a hacer con declaraciones particulares, que las hay, pues algún católico podría venir a decir como argumento que eso son declaraciones particulares que no representan a la Iglesia Católica en su conjunto. No. Esta vez, aunque lo haré con las declaraciones de una persona (obviamente, son personas las que hablan), lo haré con las del líder de la Iglesia. No solo usaré las propias declaraciones del papa a título personal sino que además usaré las que  realizó ex cathedra como papa en una Encíclica. Una, además, hecha tiempo después de que la Iglesia Católica hubiera dictaminado que el papa es infalible en 1870. Por si a alguno, a pesar de lo anterior, viene con que el papa pudo equivocarse. No, según ellos mismos decretaron.

Índice de contenido

Piensa en ello…

Si es infinitamente bueno, ¿qué razón deberíamos tener para temerle? Si es infinitamente sabio, ¿por qué deberíamos tener dudas concernientes a nuestro futuro? Si lo sabe todo, ¿por qué advertirle de nuestras necesidades y fatigarlo con nuestras oraciones? Si está en todos lados, ¿por qué erigirle templos? Si es justo, ¿por qué temer que castigará a las criaturas a las cuales llenó de debilidades? Si la gracia lo hace todo por ellos, ¿qué razón habrá para recompensarlos? Si él es todopoderoso, ¿cómo ofenderlo, cómo resistírsele? Si es razonable, ¿cómo puede enojarse con los ciegos, a quienes les ha dado la libertad de ser irrazonables? Si es inamovible, ¿con qué derecho pretendemos hacerlo cambiar sus designios? Si es imposible de concebir, ¿por qué habremos de ocuparnos de él? Si él ha hablado, ¿por qué el Universo no se ha convencido? Si el conocimiento de un Dios es el más necesario, ¿por qué no es el más evidente y el más claro? Percy Bysshe Shelley
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Si ya expuse ejemplos de cristianos protestantes donde estos demuestran abiertamente su fanatismo, como Lane Craig y Ken Ham, ahora los toca el turno a los católicos. Y no lo voy a hacer con declaraciones particulares, que las hay, pues algún católico podría venir a decir como argumento que eso son declaraciones particulares que no representan a la Iglesia Católica en su conjunto. No. Esta vez, aunque lo haré con las declaraciones de una persona (obviamente, son personas las que hablan), lo haré con las del líder de la Iglesia. No solo usaré las propias declaraciones del papa a título personal sino que además usaré las que  realizó ex cathedra como papa en una Encíclica. Una, además, hecha tiempo después de que la Iglesia Católica hubiera dictaminado que el papa es infalible en 1870. Por si a alguno, a pesar de lo anterior, viene con que el papa pudo equivocarse. No, según ellos mismos decretaron.

Según la encíclica Humani Generis de 1950 de Eugenio Maria Giuseppe Giovanni Pacelli  (alias Papa Pío XII desde 1939 a 1958) los católicos podían creer lo que la ciencia determinara sobre la evolución del cuerpo humano, siempre que aceptaran que, en algún momento de su elección, Dios había infundido el alma en tal criatura.

*Nota: este artículo, como verán, bien podría haberlo colocado en la serie de artículos de cómo se ha «apoyado» el pensamiento crítico en el cristianismo. Como los que dediqué a exponer las declaraciones de Ireneo de Lyon y las de Epifanio de Salamina. Podrán comprobar que, pese al pasar de los siglos e incluso milenios, los religiosos siguen igual.

La encíclica

Para no perder costumbre, la Iglesia Católica (en boca de su máximo representante) recurre a alegar y repetir que ellos tienen «la verdad», «la razón», etc. Pero no porque hayan razonado la lógica de sus creencias y tengan evidencia de ello sino porque, mediante una lógica circular, los autores de los textos en los cuales se basan e interpretan, dicen tenerla. Así, podemos ver que nada más empezar con su introducción estos no están dispuestos a admitir que puedan estar equivocados. Eso se lo reservan al resto.

INTRODUCCIÓN

1. Ni es de admirar que siempre haya habido disensiones y errores fuera del redil de Cristo. Porque, aun cuando la razón humana, hablando absolutamente, procede con sus fuerzas y su luz natural al conocimiento verdadero y cierto de un Dios único y personal, que con su providencia sostiene y gobierna el mundo y, asimismo, al conocimiento de la ley natural, impresa por el Creador en nuestras almas; sin embargo, no son pocos los obstáculos que impiden a nuestra razón cumplir eficaz y fructuosamente este su poder natural. Porque las verdades tocantes a Dios y a las relaciones entre los hombres y Dios se hallan por completo fuera del orden de los seres sensibles; y, cuando se introducen en la práctica de la vida y la determinan, exigen sacrificio y abnegación propia.

Atentos a la falacia de alegato especial….

2. Ahora bien:para adquirir tales verdades, el entendimiento humano encuentra dificultades, ya a causa de los sentidos o imaginación, ya por las malas concupiscencias derivadas del pecado original. Y así sucede que, en estas cosas, los hombres fácilmente se persuadan ser falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero. Por todo ello, ha de defenderse que la revelación divina es moralmente necesaria, para que, aun en el estado actual del género humano, con facilidad, con firme certeza y sin ningún error, todos puedan conocer las verdades religiosas y morales que de por sí no se hallan fuera del alcance de la razón [1].

Más aún; a veces la mente humana puede encontrar dificultad hasta para formarse un juicio cierto sobre la credibilidad de la fe católica, no obstante que Dios haya ordenado muchas y admirables señales exteriores, por medio de las cuales, aun con la sola luz de la razón se puede probar con certeza el origen divino de religión cristiana. De hecho, el hombre, o guiado por prejuicios o movido por las pasiones y la mala voluntad, puede no sólo negar la clara evidencia de esos indicios externos, sino también resistir a las inspiraciones que Dios infunde en nuestra almas.

Después de atacar a quienes no les creen (y por tanto no creen al personaje que ellos afirman existe con tal creencia) le toca el turno a lo que ellos afirmaban era un error…

3. Dando una mirada al mundo moderno, que se halla fuera del redil de Cristo, fácilmente se descubren las principales direcciones que siguen los doctos. Algunos admiten de hecho, sin discreción y sin prudencia, el sistema evolucionista, aunque ni en el mismo campo de las ciencias naturales ha sido probado como indiscutible, y pretenden que hay que extenderlo al origen de todas las cosas, y con temeridad sostienen la hipótesis monista y panteísta de un mundo sujeto a perpetua evolución. Hipótesis, de que se valen bien los comunistas para defender y propagar su materialismo dialéctico y arrancar de las almas toda idea de Dios.

La falsas afirmaciones de semejante evolucionismo, por las que se rechaza todo cuanto es absoluto, firme e inmutable, han abierto el camino a las aberraciones de una moderna filosofía , que, para oponerse al Idealismo, al Inmanentismo y al Pragmatismo se ha llamado a sí misma Existencialismo, porque rechaza las esencias inmutables de las cosas y sólo se preocupa de la existencia de los seres singulares.

Existe, además, un falso Historicismo que, al admitir tan sólo los acontecimientos de la vida humana, tanto en el campo de la filosofía como en el de los dogmas cristianos destruye los fundamentos de toda verdad y ley absoluta.

Recordemos que estamos hablando de 1950. La evolución ya había sido probada décadas atrás (básicamente desde finales del XIX). Esta encíclica es una joya, pues deja testimonio de cuanto se resistió la Iglesia a admitir el hecho evolutivo, al que solo admite siempre y que esta deje un huequecito a su dios. Por supuesto, como hemos podido ver, también tenían palabras para los historiadores. Todo lo que deja en evidencia a la religión por mantener supersticiones y creencias científicamente erróneas era (y es) susceptible a su crítica y desprecio.

Llega el turno del autobombo…

4. En medio de tal confusión de opiniones, nos es de algún consuelo ver a los que hoy no rara vez, abandonando las doctrinas de Racionalismo en que antes se habían formado, desean volver a las fuentes de la verdad revelada, y reconocer y profesar la palabra de Dios, conservada en la Sagrada Escritura como fundamentos de la teología.

Que dura poco, pues vuelve a la carga para arremeter contra todo el que cuestiona su autoridad…

Pero al mismo tiempo lamentamos que no pocos de ésos, cuanto con más firmeza se adhieren a la palabra de Dios, tanto más rebajan el valor de la razón humana; y cuanto con más entusiasmo realzan la autoridad de Dios revelador, con tanta mayor aspereza desprecian el Magisterio de la Iglesia, instituido por nuestro Señor Jesucristo para guardar e interpretar las verdades revelada por Dios. Semejante desprecio no sólo se halla en abierta contradicción con la Sagrada Escritura, sino que se manifiesta en su propia falsedad por la misma experiencia. Porque con frecuencia hasta los mismos disidentes de la Iglesia se lamentan públicamente de la discordia entre ellos reinante en las cuestiones dogmáticas, de tal suerte que, aun no queriéndolo, se ven obligados a reconocer la necesidad de un Magisterio vivo.

5. Los teólogos y filósofos católicos, que tienen la difícil misión de defender e imprimir en las almas de los hombres las verdades divinas y humanas, no deben ignorar ni desatender estas opiniones que, más o menos, se apartan del recto camino. Aun más, es necesario que las conozcan bien, ya porque no se pueden curar las enfermedades si antes no son suficientemente conocidas; ya que en las mismas falsas afirmaciones se oculta a veces un poco de verdad; ya, por último, porque los mismos errores estimulan la mente a investigar y ponderar con mayor diligencia algunas verdades filosóficas o teológicas.

6. Si nuestros filósofos y teólogos procurasen tan sólo sacar este fruto de aquellas doctrinas estudiadas con cautela, no tendría por qué intervenir el Magisterio de la Iglesia. Pero, aunque sabemos que los maestros y estudiosos católicos en general se guardan de tales errores, Nos consta, sin embargo, que aún hoy no faltan quienes, como en los tiempos apostólicos, amando la novedad más de lo debido y temiendo ser tenidos por ignorantes de los progresos de la ciencia, procuran sustraerse a la dirección del sagrado Magisterio, y así se hallan en peligro de apartarse poco a poco e insensiblemente de la verdad revelada y arrastrar también a los demás hacía el error.

Incluso todo intento dentro del cristianismo de conciliar racionalidad con sus creencias es un peligro. Así es como tratan a lo que, según ellos, es un irenismo dentro de sus filas:

7. Señálese también otro peligro, tanto más grave cuanto más se oculta bajo la capa de virtud. Muchos deplorando la discordia del género humano y la confusión reinante en las inteligencias humanas, son movidos por un celo imprudente y llevados por un interno impulso y un ardiente deseo de romper las barreras que separan entre sí a las personas buenas y honradas; por ello, propugnan una especie tal de irenismo que, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen no sólo combatir en unión de fuerzas al arrollador ateísmo, sino también reconciliar las opiniones contrarias aun en el campo dogmático. Y como en otro tiempo hubo quienes se preguntaban si la apologética tradicional de la Iglesia no era más bien un impedimento que una ayuda en el ganar las almas para Cristo, así tampoco faltan hoy quienes se atreven a poner en serio la duda de si conviene no sólo perfeccionar, sino hasta reformar completamente, la teología y su método —tales como actualmente, con aprobación eclesiástica, se emplean en la enseñanza teológica—, a fin de que con mayor eficacia se propague el reino de Cristo en todo el mundo, entre los hombres todos, cualquiera que sea su civilización o su opinión religiosa.

Si los tales no pretendiesen sino acomodar mejor, con alguna renovación, la ciencia eclesiástica y su método a las condiciones y necesidades actuales, nada habría casi de temerse; mas, al contrario, algunos de ellos, abrasados por un imprudente irenismo, parecen considerar como un óbice para restablecer la unidad fraterna todo cuanto se funda en las mismas leyes y principios dados por Cristo y en las instituciones por El fundadas o cuanto constituye la defensa y el sostenimiento de la integridad de la fe, caído todo lo cual, seguramente la unificación sería universal, en la común ruina.

Actitud que, por cierto, siglos atrás ya ostentaba y sigue manteniendo tiempo después. Ellos tiene y representan, como tiene que ser, la «verdad revelada» y nadie más puede arrojarse hacerlo.

La Encíclica prosigue con un ataque a la evolución (que anteriormente llamaba «hipótesis» sin demostrar) y a toda «hipótesis» que les cuestione por tratar temas en los que ellos ya mantienen desde hace siglos una postura determinada de la que no piensan cambiar, pues si lo hicieran su institución perdería credibilidad y con ello poder…

III. LAS CIENCIAS

28. Resta ahora decir algo sobre determinadas cuestiones que, aun perteneciendo a las ciencias llamadas positivas, se entrelazan, sin embargo, más o menos con las verdades de la fe cristiana. No pocos ruegan con insistencia que la fe católica tenga muy en cuenta tales ciencias; y ello ciertamente es digno de alabanza, siempre que se trate de hechos realmente demostrados; pero es necesario andar con mucha cautela cuando más bien se trate sólo de hipótesis, que, aun apoyadas en la ciencia humana, rozan con la doctrina contenida en la Sagrada Escritura o en la tradición. Si tales hipótesis se oponen directa o indirectamente a la doctrina revelada por Dios, entonces sus postulados no pueden admitirse en modo alguno.

Tal y como expliqué, la Iglesia, magnánima y modesta ella, como siempre, «permite» que se estudie lo que ellos falazmente llamaron «evolucionismo» (en un intento cutre y desesperado de poner una teoría científica a su mismo nivel como doctrina religiosa) siempre y cuando se deje en paz a su dios de los huecos…

29. Por todas estas razones, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios—. Mas todo ello ha de hacerse de manera que las razones de una y otra opinión —es decir la defensora y la contraria al evolucionismo— sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente; y con tal que todos se muestren dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe [11]. Pero algunos traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los datos e indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados; y ello, como si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija la máxima moderación y cautela en esta materia.

*El poligenismo nació en el seno cristiano en el siglo XVI, a manos de Isaac de La-Peyrère a partir del praedamismo y precisamente para conciliar la confianza ciega en las creencias cristianas (Fe) con los descubrimientos científicos que la desafiaban. Aunque desde hacía tiempo, finales del siglo XIX esta hipótesis se había descartado por el monogenismo de Darwin, aquí tenemos a un papa aún molesto por los pocos reductos que quedaban de tal pseudociencia a mediados del siglo XX porque (véase las razones que da la Iglesia, enfatizadas en negrita)…

30. Mas, cuando ya se trata de la otra hipótesis, es a saber, la del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, porque los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de muchos primeros padres, pues no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con cuanto las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado original, que procede de un pecado en verdad cometido por un solo Adán individual y moralmente, y que, transmitido a todos los hombres por la generación, es inherente a cada uno de ellos como suyo propio [12].

En el siguiente punto de dicha encíclica veremos cómo la Iglesia se fomenta el atraso. Está en sus genes el establecer «limites» a todo ¿Cómo iba a escaparse el conocimiento (y mucho más si este les cuestiona las bases sobre las cuales han asentado su negocio)? Según ellos la Biblia no se equivoca… Es que estaba escrita para paletos:

31. Y como en las ciencias biológicas y antropológicas, también en las históricas algunos traspasan audazmente los límites y las cautelas que la Iglesia ha establecido. De un modo particular es deplorable el modo extraordinariamente libre de interpretar los libros del Antiguo Testamento. Los autores de esa tendencia, para defender su causa, sin razón invocan la carta que la Comisión Pontificia para los Estudios Bíblicos envió no hace mucho tiempo al arzobispo de París [13]. La verdad es que tal carta advierte claramente cómo los once primeros capítulos del Génesis, aunque propiamente no concuerdan con el método histórico usado por los eximios historiadores grecolatinos y modernos, no obstante pertenecen al género histórico en un sentido verdadero, que los exegetas han de investigar y precisar; los mismos capítulos —lo hace notar la misma carta—, con estilo sencillo y figurado, acomodado a la mente de un pueblo poco culto, contienen ya las verdades principales y fundamentales en que se apoya nuestra propia salvación, ya también una descripción popular del origen del género humano y del pueblo escogido.

Ya hemos visto (y cualquiera puede comprobar), que el relato de Génesis se tiene que «acomodar» y retorcer mucho para que al interpretarlo diga lo mismo que la ciencia ha demostrado. Pero es que tienen que excusarse alegando por un lado que si se ven errores es porque la Biblia se hizo para gente poco culta y al mismo tiempo que esta no los tiene si se lee por ellos, por los que ya creen y adoctrinan. Excusa que por supuesto han seguido empleando mucho tiempo después. Nada con tal de no admitir su error, no sea se les caiga el chiringuito que tienen montado.

La cosa se pone aún más graciosa cuando, en un acto de pura hipocresía, en dicha encíclica se afirma que lo suyo, a diferencia del resto de religiones, no es un conjunto de mitos:

32. Mas si los antiguo hagiógrafos tomaron algo de las tradiciones populares —lo cual puede ciertamente concederse—, nunca ha de olvidarse que ellos obraron así ayudados por la divina inspiración , la cual los hacía inmunes de todo error al elegir y juzgar aquellos documentos. Por lo tanto, las narraciones populares incluidas en la Sagrada Escritura, en modo alguno pueden compararse con las mitologías u otras narraciones semejantes, las cuales más bien proceden de una encendida imaginación que de aquel amor a la verdad y a la sencillez que tanto resplandece en los libros Sagrados, aun en los del Antiguo Testamento, hasta el punto de que nuestros hagiógrafos deben ser tenidos en este punto como claramente superiores a los escritores profanos.

33. En verdad sabemos Nos cómo la mayoría de los doctores católicos, consagrados a trabajar con sumo fruto en las universidades, en los seminarios y en los colegios religiosos, están muy lejos de esos errores, que hoy abierta u ocultamente se divulgan o por cierto afán de novedad o por un inmoderado celo de apostolado. Pero sabemos también que tales nuevas opiniones hacen su presa entre los incautos, y por lo mismo preferimos poner remedio en los comienzos, más bien que suministrar una medicina, cuando la enfermedad esté ya demasiado inveterada. Por lo cual, después de meditarlo y considerarlo largamente delante del Señor, para no faltar a nuestro sagrado deber, mandamos a los obispos y a los superiores generales de las órdenes y congregaciones religiosas, cargando gravísimamente sus consecuencias, que con la mayor diligencia procuren el que ni en las clases, ni en reuniones o conferencias, ni con escritos de ningún género se expongan tales opiniones, en modo alguno, ni a los clérigos ni a los fieles cristianos.

Llega el himno a la libertad de pensamiento…

34. Sepan cuantos enseñan en Institutos eclesiásticos que no pueden en conciencia ejercer el oficio de enseñar que les ha sido concedido, si no acatan con devoción las normas que hemos dado y si no las cumplen con toda exactitud en la formación de sus discípulos. Esta reverencia y obediencia que en su asidua labor deben ellos profesar al Magisterio de la Iglesia, es la que también han de infundir en las mentes y en los corazones de sus discípulos.

Y termina con un contribuyan al progreso pero solo de «las ciencias que enseñan» que, como hemos mostrado antes, son aquellas que no discrepen con nuestras creencias

Esfuércense por todos medios y con entusiasmo para contribuir al progreso de las ciencias que enseñan; pero eviten también el traspasar los límites por Nos establecidos para la defensa de la fe y de la doctrina católica. A las nuevas cuestiones que la moderna cultura y el progreso del tiempo han hecho de gran actualidad, dediquen los resultados de sus más cuidadosas investigaciones, pero con la conveniente prudencia y cautela; finalmente, no crean, cediendo a un falso irenismo, que pueda lograrse una feliz vuelta —a la Iglesia— de los disidentes y los que están en el error, si la verdad íntegra que rige en la Iglesia no es enseñada a todos sinceramente, sin ninguna corrupción y sin disminución alguna.

Fundados en esta esperanza, que vuestra pastoral solicitud aumentará todavía, como prenda de los dones celestiales y en señal de nuestra paternal benevolencia, a todos vosotros, venerables hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo, impartimos con todo amor la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 12 de agosto de 1950, año duodécimo de nuestro pontificado.

PÍO PP. XII

Más ejemplos

Por supuesto, esta no ha sido la única vez en la que la Iglesia Católica arremetió contra la ciencia y la filosofía.

En 1907 ya lo hizo Pio X en Pascendi Dominici gregis: sobre las doctrinas de los modernistas. «Modernistas» como los agnósticos, a quienes como argumentario clásico en el religioso este ponía al mismo nivel que ellos.

4. Comencemos ya por el filósofo. Los modernistas establecen, como base de su filosofía religiosa, la doctrina comúnmente llamada agnosticismo. La razón humana, encerrada rigurosamente en el círculo de los fenómenos, es decir, de las cosas que aparecen, y tales ni más ni menos como aparecen, no posee facultad ni derecho de franquear los límites de aquéllas.

Con un argumento falaz tal, como alegato especial, que los fenómenos físicos están limitados y que, como ellos sitúan a su dios fuera de ellos, nadie puede cuestionarlos:

Por lo tanto, es incapaz de elevarse hasta Dios, ni aun para conocer su existencia, de algún modo, por medio de las criaturas: tal es su doctrina. De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia; y, por lo que a la historia pertenece, que Dios de ningún modo puede ser sujeto de la historia.

La ironía es que en esta encíclica Pio X cuestionaba lo que ahora defienden con ahinco la mayoría de católicos y que es la postura agnóstica: la infalsabilidad de su personaje mágico…

Después de esto, ¿que será de la teología natural, de los motivos de credibilidad, de la revelación externa? No es difícil comprenderlo. Suprimen pura y simplemente todo esto para reservarlo al intelectualismo, sistema que, según ellos, excita compasiva sonrisa y está sepultado hace largo tiempo.

Nada les detiene, ni aun las condenaciones de la Iglesia contra errores tan monstruosos. Porque el concilio Vaticano decretó lo que sigue: «Si alguno dijere que la luz natural de la razón humana es incapaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, el único y verdadera Dios, nuestro Creador y Señor, sea excomulgado»(4). Igualmente: «Si alguno dijere no ser posible o conveniente que el hombre sea instruido, mediante la revelación divina, sobre Dios y sobre el culto a él debido, sea excomulgado»(5). Y por último: «Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en consecuencia, sólo por la experiencia individual o por una inspiración privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado»(6).

Ahora, de qué manera los modernistas pasan del agnosticismo, que no es sino ignorancia, al ateísmo científico e histórico, cuyo carácter total es, por lo contrario, la negación; y, en consecuencia, por qué derecho de raciocinio, desde ignorar si Dios ha intervenido en la historia del género humano hacen el tránsito a explicar esa misma historia con independencia de Dios, de quien se juzga que no ha tenido, en efecto, parte en el proceso histórico de la humanidad, conózcalo quien pueda. Y es indudable que los modernistas tienen como ya establecida y fija una cosa, a saber: que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia; en la esfera de una y otra no admiten sino fenómenos: Dios y lo divino quedan desterrados.

Ciegos, ciertamente, y conductores de ciegos, que, inflados con el soberbio nombre de ciencia, llevan su locura hasta pervertir el eterno concepto de la verdad, a la par que la genuina naturaleza del sentimiento religioso: para ello han fabricado un sistema «en el cual, bajo el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades, no buscan dónde ciertamente se halla la verdad y, despreciando las santas y apostólicas tradiciones, abrazan otras doctrinas vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas por la Iglesia, sobre las cuales —hombres vanísimos— pretenden fundar y afirmar la misma verdad(8). Tal es, venerables hermanos, el modernista como filósofo.

Este es el ídolo y referente para los católicos preConcilio Vaticano II y sobre todo para los que crearon la Fraternidad Pio X fundada por Lefebre y a la que pertenecen clérigos fascistas como Williamson.

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Una respuesta

  1. Que se puede esperar de una religión creada para mayor gloria del Imperio Romano en tiempos de Costantino y su unificación del Imperio. Lactancio y Eusebio son los creadores
    de los textos sagrados…si hasta las supuestas persecuciones son falsas…

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