El otro día un caballero me estaba contando sobre un caso de providencia especial. Él lo conocía. Había sido partícipe de él. Hacía unos años, estaba por subir a un barco cuando resultó demorado. No fue, y el barco se perdió con todos los que estaban a bordo. ‘¡Sí!’, dije yo, ‘¿Cree usted que la gente que se ahogó creía en la providencia?’. Pensemos en el infinito egoísmo de tal doctrina. He aquí un hombre que se salva de subir a un barco de quinientos pasajeros y ellos se van al fondo del mar; padres, madres, niños, y amorosos esposos y esposas esperan en las costas. ¡He aquí un pobre diablo que no fue! Y él cree que Dios, el Ser Infinito, interfirió en su pobre y reseca vida a su favor, y dejó que todos los demás murieran. Esto es providencia. ¿Por qué la providencia permite todos los crímenes? ¿Por qué son protegidos los golpeadores de mujeres, y por qué las esposas y niños quedan indefensos, si la mano de Dios está sobre todos nosotros? ¿Quién protege a los locos? ¿Por qué la providencia permite la locura? Pero la iglesia no puede renunciar a la providencia. Si tal cosa no existe, no sirven las plegarias, ni la adoración, ni las iglesias, ni los sacerdotes. Robert G. Ingersoll, “Orthodoxy”, 1884
Análisis Bíblico
ateoyagnostico

Volando voy, volando vengo: Elías y el carro volador con caballos de fuego

En la Biblia hay tal cantidad de historias donde a sus personajes les suceden todo tipo de cosas antinaturales y tan incoherentes como los actos que realizan, que hacer un Top de cuales son las más absurdas es casi imposible. No hay ni un solo relato en ella en el que sus autores no se inventen algo fantástico con lo que adornarlo.

Aun así, aquí tienen otra de esas joyas del género fantástico dentro de la literatura mitológica con el que pasar el rato. Se trata del relato de Elías: un tipo con no muchas luces (lo normal en prácticamente todos los personajes que figuran en la Biblia) que, junto con el calvo de Eliseo, protagonizan uno de esos relatos repletos de incoherencias mágicas.

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