
Qué es una profundiotez
Una deepity o “profundiotez” es ese tipo de frase que suena inteligente, casi reveladora, pero que al examinarla de cerca no dice nada realmente nuevo o incluso resulta confusa o falsa.
"Una lectura y entendimiento completos de la Biblia son el camino más seguro al ateísmo."
Donald Morgan

Una deepity o “profundiotez” es ese tipo de frase que suena inteligente, casi reveladora, pero que al examinarla de cerca no dice nada realmente nuevo o incluso resulta confusa o falsa.

Existe una creencia, dentro de los creyentes religiosos (sí, una más dentro de todas las que tienen, pero externa a su credo – una metacreencia), de que el cristianismo apareció con la figura de un Jesús que se puso a enseñar a una serie de discípulos y que luego estos se dedicaron a predicar por ahí, y ya está. Que el cristianismo primitivo era monolítico y no había discrepancias entre las distintas comunidades o sectas. Pero esta creencia, como todo lo demás en el cristianismo, es falaz y se basa en la más pura ignorancia.

Muchas definiciones del Diccionario de la Real Academia de la Lengua (DRAE), a lo largo del tiempo, se han modificado, otras se han ampliado y otras se han sustituido pero hay una que permanece invariable desde que se introdujo: ateo.

Que «el budismo no es una religión» es un mantra que, pareciendo seguir los mismos principios de propaganda de Goebbels, han repetido y repiten los budistas cada vez que tienen oportunidad y que ha calado en aquellos que, bajo una visión simplista y exótica de esta doctrina religiosa, la defienden.
Incluso en el diccionario (RAE) esta es definida simplemente como una «Filosofía y conjunto de creencias y prácticas espirituales [establecidos por el príncipe Gautam]» a diferencia de otras como el cristianismo, cuya definición sí incluye que son un «Conjunto de creencias y preceptos que constituyen la religión de Jesucristo.»
¿En qué se diferencia pues el budismo del cristianismo para que esta afirmación haya calado? Como veremos, básicamente, en nada. Lo único por lo que ha calado el mensaje de que no son una religión es en la pura y dura propaganda, que llevan haciendo desde mediados del siglo pasado con la complicidad de una serie de abanderados que han transmitido este mensaje a través de los medios.

Desde prácticamente los comienzos de Hollywood (desde 1930 y aplicado desde 1934 hasta 1968) el cristianismo impuso su moral en el cine con una serie de códigos de conducta que tenían como objetivo la censura de todo material que no se adhiriera a las normas que ellos planteaban.
A manos de una serie de políticos conservadores del partido republicano, se colocaron a una serie de moralistas cristianos para que encauzaran la industria cinematrográfica hacia una visión más «cristiana». Visto desde la perspectiva actual nada justifica la implantación de dicha censura. Pero por lo visto, para ese pensamiento de la época, las películas estaban alcanzando demasiado libertinaje.

Porfirio (233d.C. -305 d.C), nace en Tiro de Fenicia, crece en el seno de una familia noble. Su vida transcurre entre Atenas Roma y Sicilia. Én ésta última parece que compuso los comentarios de Aristóteles y redactó su tratado «Contra Christianos», obra que generaría, tras su muerte, la hostilidad de los emperadores cristianos.

Hace unos días que uno de los tweets del biólogo e investigador científico J. M. Mulet se hacía viral internacionalmente.
El twett en cuestión se quejaba a modo de ironía del absurdo al que ha llegado la situación aquí en España donde nuestros queridos Gobiernos, sobre todo este último (muy fan de gastarse decenas de miles de euros para poner medallitas a vírgenes y santos), habían ido recortando cada vez más en Educación e investigación al mismo tiempo que se financia a una secta. Secta con millones de adeptos, franquicias por todo el mundo y un Estado teocrático propio (adquirido mediante la falsificación y la cesión de terrenos por parte de un dictador fascista) pero secta a fin y al cabo.

A finales del siglo primero un religioso afirmó, en boca de uno de sus personajes, lo que pretendía hacer. Se sentó y escribió los dictámenes de la secta que estaba organizando. A través de una autoridad que él mismo se estaba inventando les dijo a sus miembros que estos debían propagar los mismos dictámenes que este les estaba promulgando. Su base principal, conseguir más poder. Y como el poder lo otorga el número de gente que te respalde, su objetivo era conseguir cuanta más gente mejor. Para ello, en uno de sus relatos, este alentaba a predicar su doctrina casa por casa, pueblo por pueblo, advirtiendo a sus discípulos que en caso de no conseguir su objetivo estos se marcharan de ahí hacia donde sí los recibieran y creyeran. No perdió ni un segundo para decirles, en ese mismo texto, que quienes no les recibieran y confiaran en ellos recibirían todo tipo de castigos divinos. Después de todo, según él mismo, todo se justificaba de boca de esa autoridad incuestionable que él mismo se estaba reinventando, que este no había venido para traer la paz sino para enfrentar a las familias.
Y lo consiguió.

Todas las religiones (más bien los fundadores y luego los seguidores de las mismas) dicen ser únicas. Todos, sin excepción, dicen que la suya es «la verdadera» y en su empeño por convencer a la gente de que tienen la razón absoluta (algo que se empeñan por recalcar constantemente) recurren a todo tipo de falacias apelando a los sesgos más comunes que padecemos. La idea es convencer emocionalmente a aquellas personas de que tienen que confiar ciegamente en ellos, sin importar cómo.
Para ello, lo más habitual es el convertir a este tipo de personas, generalmente más emocionales, en dependientes de la «droga» que ellos fabrican: las promesas indemostrables. Hacerles ver que necesitan de las soluciones a dichos problemas emocionales que ellos mismos ensalzan y cuya única cura depende única y exclusivamente de ellos y su producto estrella.
Esto resumiría qué hace la religión, pero ¿cómo funciona toda religión? La estrategia se podría resumir en 3 puntos clave que son siempre los mismos.

Hace tiempo ya, debatiendo por Facebook con un Testigo de Jehová, al intentar explicarle al creyente que hablar de “fidelidad al original” con respecto a las traducciones bíblicas es algo falaz, la respuesta constante que este hacía era el copiarme un texto de un artículo de su querida Watchtower (WT) titulado “¿Es exacta la Traducción del Nuevo Mundo?” (ver aquí) en el que se mencionaban una serie de razones basadas en opiniones propias de la WT, seguidas de una retahíla de más afirmaciones y, como colofón, una serie de citas a eruditos bíblicos que supuestamente ensalzaban lo maravillosa que era la Traducción del Nuevo Mundo realizada por los Testigos de Jehová (TDJ).
Este TDJ, además, citaba otros artículos (también de su querida web de la WT) como argumento a favor de sus afirmaciones.
Las citas a autores, académicamente hablando, jamás se usan como “argumento de autoridad” (falacia ad verecundiam) para dotar de credibilidad (y menos como una verdad absoluta) a la afirmación dada sino como apoyo al contexto en el que se plantea la declaración argumentada.

Hace poco me llegó un twitt en el que se leía la noticia más reciente del anterior papa, Ratzinger, en el que este alardeaba de

Basta meterse en cualquier noticia y ver la sección de comentarios para encontrarse a este tipo de personas que, o bien no se han dignado

¿Se ha preguntado alguien de donde proviene la creencia del “alma” y del “espíritu” en las tres religiones del libro (el monoteísmo abrahámico)? A menudo mencionados por el antiguo henoteísmo judío y por sus subsiguientes productos grecorromanos, el cristianismo y finalmente el islam, basan todas sus creencias mesiánicas, su deísmo y sus promesas en estos dos conceptos y en la afirmación de que, dado que existen, si cumples todo lo dictado por los sacerdotes que crearon sus textos, obtendrás una recompensa una vez hayas muerto pues, según estas creencias, no dejarás de existir y vivirás eternamente en un lugar idílico llamado cielo o arderás en uno llamado infierno. Pues veamos de donde proceden todos esos conceptos y cual es la realidad.