El dios de la Biblia está a la altura de un tirano caprichoso. El dios de la Biblia castiga a los bebés por los pecados de sus padres (Éxodo 20:5, 34:7; Números 14:18; 2 Samuel 12:13-19); castiga a la gente haciendo que se vuelvan caníbales y se coman a sus propios hijos (2 Reyes 6:24-33, Lamentaciones 4:10-11); le da a la gente malas leyes, incluso requiriendo el sacrificio de sus propios primogénitos, para que puedan llenarse de horror y saber que Dios es su señor (Ezequiel 20:25-26); hace que la gente crea mentira para poder enviarlos al infierno (2 Tesalonicenses 2:11); y muchas otras atrocidades, demasiadas para dar una lista aquí. No sería difícil llegar a, y exceder, tal nivel de pureza moral. Los ateos lo sobrepasan todos los días. Doug Krueger

Papa Noel: Otra mitificación más del cristianismo.

Al igual que pasa con todo en las religiones, el personaje de “Santa”, ese alegre y rechoncho anciano vestido de rojo, es en realidad, la mitificación de un personaje histórico que murió hace más de quince siglos, además de una mezcla de varios mitos a los que el cristianismo consideraría como “paganos” pero que con el paso del tiempo han sido aceptados sin más como propios y tradicionales.

Índice de contenido

Piensa en ello…

Una vida larga y corrupta seguida por cinco minutos de gracia perfecta te hace ir al cielo. Un lapso igualmente largo de vida decente y buenas obras seguidas por el exabrupto de tomar el nombre del Señor en vano, luego uno tiene un ataque al corazón en ese momento y es maldito por toda la eternidad. ¿Es así el sistema? Robert Heinlein
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Al igual que pasa con todo en las religiones, el personaje de “Santa”, ese alegre y rechoncho anciano vestido de rojo, es en realidad, la mitificación de un personaje histórico que murió hace más de quince siglos, además de una mezcla de varios mitos a los que el cristianismo consideraría como “paganos” pero que con el paso del tiempo han sido aceptados sin más como propios y tradicionales.

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La persona tras el mito

Nicolás de Bari

Nació en el 270 en Patara, en la región de Licia (actualmente dentro del territorio de Turquía) en una familia adinerada y desde niño se destacó por su carácter piadoso y generoso. Sus padres, fervorosos cristianos, lo educaron en la fe.

Hijo de una familia acomodada, creció bajo los tirantes deseos de sus padres. Su padre deseaba que siguiera sus pasos comerciales en el Mar Adriático, mientras su madre pretendía que fuera sacerdote como su tío, el obispo de Mira (antigua ciudad griega de la Anatolia Egea, actualmente Turquía).

Lamentablemente, la peste solucionó su dilema, al llevarse a sus padres, mientras trataban de ayudar a los enfermos de su ciudad. El muchacho, cual filántropo trastornado por la desgraciada situación, intento solucionarlo y repartió sus bienes entre los más necesitados. Después de eso partió hacia Mira (Myra – Anatolia, actualmente Turquía) para vivir con su tío y ordenarse como sacerdote (según la hagiografía escrita por San Metodio, arzobispo de Constantinopla), cosa que logró a los 19 años. Más tarde, al morir su tío fue elegido para reemplazarlo.

Dice la leyenda que varios sacerdotes y obispos se encontraban discutiendo sobre quién sería el futuro obispo, pues el anterior había fallecido. Al no ponerse de acuerdo se decidió que fuera el próximo sacerdote que entrase en el templo que casualmente fue Nicolás de Bari.

Durante su época como obispo, y en su afán por erradicar los cultos paganos, ordenó demoler el templo de Artemisa en Myra; el templo más grande y famoso de Licia, así como otros varios edificios paganos.

Fue preso por un decreto del emperador Licinio contra los cristianos por el que fue encarcelado y su barba quemada, siendo liberado por el emperador Constantino.

Participó en el Concilio de Nicea, condenando las doctrinas de Arrio, quien se negaba a admitir el dogma de la divinidad de Cristo.

Según la descripción que da el catolicismo: Para combatir los errores, utilizaba una dulzura exquisita, logrando grandes y sinceras conversiones, a pesar de su discreto talento especulativo y orador que tanto gusta a los orientales. Sin embargo, cuando se trataba de proteger a los más débiles de los poderosos, San Nicolás, a pesar de su avanzada edad, actuaba con gran arrojo y vigor.

A pesar de ser anciano, seguía viajando, evangelizando y entregando juguetes a los niños para así obtener más fieles a su causa.

Murió el 6 de diciembre del año 345 en Myra, mas sus restos descansan en la ciudad portuaria italiana de Bari desde el año 1087 d. s. C. pues allí fueron a parar después de que fueran retirados de Turquía tras la invasión musulmana. Tras su muerte se convirtió en el primer santo, no mártir, en gozar de una especial devoción en el Oriente y Occidente. Multitud de relatos milagrosos aparecieron sobre él, desfigurando así la historia real sobre esta persona y convirtiéndolo en un mito religioso más al que seguir y adorar.

De la realidad a la leyenda

Casi todo lo conocido sobre este personaje nace de la mitificación de la persona real que vivió en el siglo IV. A partir de su muerte, intencionadamente o no, se empezaron a difundir leyendas sobre su carácter y lo que hacia.

La atribución de su familiaridad con los niños

En la antigüedad, en Roma, se realizaban fiestas – a mediados de diciembre- en honor a Saturno (Cronos para los griegos), al final de las cuales los niños recibían obsequios de todos los mayores.

En otra época posterior, cuando el mito de San Nicolás aún no se había corporizado, igualmente existían otras tradiciones, como la de los niños italianos que recibían regalos de un «hada» llamada Befana.

Según una de las leyendas, su relación con los niños nace en una de las historias que indica que alguien acuchilló a varios niños, entonces el santo rezó por ellos y obtuvo su curación casi inmediata. Pero además, Nicolás tenía especial inclinación por los niños.

Su fama como repartidor de regalos

Esta tradición tienen raíces precristianas: cuantos más regalos (fundamentalmente manzanas y frutos secos, ambos símbolos otoñales de fertilidad) se esparciesen , más fértil se haría la tierra. De la palabra neerlandesa strooien (esparcir) se deriva la palabra strooigoed (bienes o regalos para esparcir), con que se denomina una mezcla de pequeñas galletas especiadas y dulces, llamadas pepernoten, que literalmente se esparcen sobre mesas y muebles (y a menudo por el suelo), recordando esta costumbre. Aunque esta costumbre no estaba relacionada originalmente con la festividad de San Nicolás, con el tiempo se fundió con ella.

De hecho el judeocristianismo creo una historia para hacer ver que ese personaje repartía también regalos. La historia cuenta que un empobrecido hombre padre de tres hijas, no podía casarlas por no tener la dote necesaria, al carecer las muchachas de la dote parecían condenadas a ser «solteronas». Enterado de esto, Nicolás le entregó, al obtener la edad de casarse, una bolsa llena de monedas de oro a cada una de ellas. Se cuenta que todo esto fue hecho en secreto por el sacerdote quien entraba por una ventana y ponía la bolsa de oro dentro de los calcetines de las niñas, que colgaban sobre la chimenea para secarlos.

La adoración de los marinos hacia Nicolás

También fue nombrado Patrono de los marineros, porque, cuenta otra historia, que estando algunos de ellos en medio de una terrible tempestad en alta mar y viéndose perdidos comenzaron a rezar y a pedir al dios bíblico con oraciones tales como Oh Dios, por las oraciones de nuestro buen Obispo Nicolás, sálvanos. En ese momento la figura de San Nicolás se hizo presente y calmó las aguas.

Su fama se empieza a extender

Como con todo en el judeocristianismo, la leyenda de un hombre que repartía regalos y realizaba “milagros” consiguió que en el año 550, en Roma se erigiera un templo en su honor.

En oriente se lo conoce como San Nicolás de Mira, pero en occidente como San Nicolás de Bari, ya que, cuando los musulmanes invadieron Turquía, los cristianos lograron sacar en secreto sus reliquias (1087) y las llevaron a la ciudad de Bari en Italia.

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Icono representativo de St. Nicholas de 1294

En la Edad Media, la leyenda de San Nicolás arraigó de forma extraordinaria  en Europa, particularmente en Italia  y también en países germánicos como los  estados alemanes y holandeses. Particularmente en Holanda adquirió notable  relieve su figura, al extremo de que se convirtió en patrón de los marineros  holandeses y de la ciudad de Amsterdam. Cuando los holandeses colonizaron Nueva Amsterdam (la actual isla de Manhattan), erigieron una imagen de San Nicolás, e hicieron todo lo posible para mantener su culto y sus tradiciones en  el Nuevo Mundo.

La costumbre de los zapatos

En los Países Bajos existe la costumbre de «poner el zapato» desde el siglo XV. En aquellos tiempos se ponía el zapato el 5 de diciembre en la iglesia, y lo obtenido con las dádivas de los ciudadanos más ricos se repartía entre las familias pobres el 6 de diciembre, día oficial de la muerte de San Nicolás.

Cuando más adelante (ya en el siglo XVI) San Nicolás se convirtió en una festividad familiar, se impuso la costumbre de poner los zapatos junto a la chimenea.

Del “Santo” y obispo al anciano rechoncho

Se cree que esto sucedió alrededor del año 1624. Cuando los inmigrantes holandeses fundaron la ciudad de Nueva Ámsterdam, más tarde llamada Nueva York, obviamente llevaron con ellos sus costumbres y mitos, entre ellos el de Sinterklaas, su patrono (cuya festividad se celebra en Holanda entre el 5 y el 6 de diciembre).

La devoción de los inmigrantes holandeses por San Nicolás era tan profunda y  al mismo tiempo tan pintoresca y llamativa que, en 1809, el escritor  norteamericano Washington Irving (1783-1859) trazó un cuadro muy vivo y  satírico de ellas (y de otras costumbres holandesas) en un libro titulado  Knickerbocker’s History of New York (La historia de Nueva York según  Knickerbocker).

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En el libro de Irving, San Nicolás era despojado de sus atributos obispales y convertido en un hombre mayor, grueso, generoso y sonriente, vestido con sombrero de alas, calzón y pipa holandesa. Tras llegar a Nueva York a bordo de un barco holandés, se dedicaba a arrojar regalos por las chimeneas, que sobrevolaba gracias a un caballo volador que arrastraba un trineo prodigioso. El hecho de que Washington Irving denominase a este  personaje «guardián de Nueva York» hizo que su popularidad se desbordase y  contagiase a los norteamericanos de origen inglés, que comenzaron también a  celebrar su fiesta cada 6 de diciembre, y que convirtieron el «Sinterklaas» o «Sinter Klaas» holandés en el «Santa Claus» norteamericano.

La Fiesta de San Nicolás (en neerlandés: Sinterklaas) se celebra cada 5 de diciembre en los Países Bajos, y el 6 de diciembre en Bélgica y en algunas antiguas colonias neerlandesas. En menor medida se celebra también en Luxemburgo (comoKleeschen), Austria, Suiza, Alemania, Polonia y en la República Checa (como Mikuláš).

La figura central de la fiesta es San Nicolás (en neerlandés: Sint-Nicolaas, de donde se deriva la forma popular Sinterklaas), un personaje legendario que trae regalos a los niños el día de la fiesta. Según la tradición, San Nicolás viene de España, y llega a los Países Bajos en un barco de vapor, con un caballo blanco y acompañado de un ayudante de raza negra llamado Pedrito el Negro (en neerlandés: Zwarte Piet)

Pocos años después de la publicación del libro de Irving, la figura de Santa  Claus había adquirido tal popularidad en la costa este de los Estados Unidos  que, en 1823, un poema anónimo titulado A Visit of St. Nicholas (‘Una visita de San Nicolás’), publicado en el periódico Sentinel (‘El Centinela’) de Nueva  York, encontró una acogida sensacional y contribuyó enormemente a la evolución de los rasgos típicos del personaje.

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Dibujo de Sant Nick (Nicholas) por T. C. Boyd en 1848

A Visit of St. Nicholas

‘Twas the Night Before Christmas

A Visit from St. Nicholas

by Clement Clarke Moore
(1779-1863)

also attributed to
Major Henry Livingston, Jr.

Twas the night before Christmas, when all through the house
Not a creature was stirring, not even a mouse.
The stockings were hung by the chimney with care,
In hopes that St Nicholas soon would be there.
The children were nestled all snug in their beds,
While visions of sugar-plums danced in their heads.
And mamma in her ‘kerchief, and I in my cap,
Had just settled our brains for a long winter’s nap.
When out on the lawn there arose such a clatter,
I sprang from the bed to see what was the matter.
Away to the window I flew like a flash,
Tore open the shutters and threw up the sash.
The moon on the breast of the new-fallen snow
Gave the lustre of mid-day to objects below.
When, what to my wondering eyes should appear,
But a miniature sleigh, and eight tinny reindeer.
With a little old driver, so lively and quick,
I knew in a moment it must be St Nick.
More rapid than eagles his coursers they came,
And he whistled, and shouted, and called them by name!
«Now Dasher! now, Dancer! now, Prancer and Vixen!
On, Comet! On, Cupid! on, on Donner and Blitzen!
To the top of the porch! to the top of the wall!
Now dash away! Dash away! Dash away all!»
As dry leaves that before the wild hurricane fly,
When they meet with an obstacle, mount to the sky.
So up to the house-top the coursers they flew,
With the sleigh full of Toys, and St Nicholas too.
And then, in a twinkling, I heard on the roof
The prancing and pawing of each little hoof.
As I drew in my head, and was turning around,
Down the chimney St Nicholas came with a bound.
He was dressed all in fur, from his head to his foot,
And his clothes were all tarnished with ashes and soot.
A bundle of Toys he had flung on his back,
And he looked like a peddler, just opening his pack.
His eyes-how they twinkled! his dimples how merry!
His cheeks were like roses, his nose like a cherry!
His droll little mouth was drawn up like a bow,
And the beard of his chin was as white as the snow.
The stump of a pipe he held tight in his teeth,
And the smoke it encircled his head like a wreath.
He had a broad face and a little round belly,
That shook when he laughed, like a bowlful of jelly!
He was chubby and plump, a right jolly old elf,
And I laughed when I saw him, in spite of myself!
A wink of his eye and a twist of his head,
Soon gave me to know I had nothing to dread.
He spoke not a word, but went straight to his work,
And filled all the stockings, then turned with a jerk.
And laying his finger aside of his nose,
And giving a nod, up the chimney he rose!
He sprang to his sleigh, to his team gave a whistle,
And away they all flew like the down of a thistle.
But I heard him exclaim, ‘ere he drove out of sight,
«Happy Christmas to all, and to all a good-night!»

Aunque publicado sin nombre de autor, el poema había sido escrito por un oscuro profesor de teología, Clement  Moore, que lo dedicó a sus numerosos hijos y nunca previó que un familiar suyo lo enviaría a un periódico Hasta el año 1862, ya octogenario, no reconocería Moore su autoría.

En el poema, San Nicolás aparecía sobre un trineo tirado por renos y adornado de sonoras campanillas. Su estatura se hizo más baja y gruesa, y adquirió algunos rasgos próximos a la representación tradicional de los gnomos (que precisamente también algunas viejas leyendas germánicas consideraban recompensadores o castigadores tradicionales de los niños). Los zuecos holandeses en que los niños esperaban que depositase sus dones se convirtieron en anchos calcetines.

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Imagen de “Una visita de San Nicolás” T. C Boyd – 1848

Finalmente, Moore desplazó la llegada del simpático personaje del 6 de diciembre típico de la tradición holandesa, al 25 de ese mes, lo que influyó grandemente en el progresivo traslado de la fiesta de los regalos al día de la Navidad.

El proceso de popularización del personaje siguió en aumento. El 6 de diciembre de 1835, Washington Irving y otros amigos suyos crearon una sociedad literaria dedicada a San Nicolás, que tuvo su sede en la propia casa de Irving. En las reuniones, era obligado fumar en pipa y observar numerosas costumbres holandesas. Ello indica hasta qué extremo habían aceptado esta tradición holandesa los norteamericanos descendientes de otros grupos
inmigrantes.

El otro gran contribuyente a la representación típica de San Nicolás en el siglo XIX fue un inmigrante alemán llamado Thomas Nast. Nacido en Landau (Alemania) en 1840, se estableció con su familia en Nueva York desde que era un niño, y alcanzó gran prestigio como dibujante y periodista. En 1863, Nast publicó en el periódico Harper’s Weekly su primer dibujo de Santa Claus, cuya iconografía había variado hasta entonces, fluctuando desde las
representaciones de hombrecillo bajito y rechoncho hasta las de anciano alto y corpulento.

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Imagen original de la edición de Harper’s Weekly del 3 de enero 1863

El dibujo de Nast lo presentaba con figura próxima a la de un gnomo, en el momento de entrar por una chimenea. Sus dibujos de los años siguientes (siguió realizándolos para el mismo periódico hasta el año 1886) fueron transformando sustancialmente la imagen de Santa Claus, que ganó en estatura, adquirió una barriga muy prominente, mandíbula muy ancha, y se rodeó de elementos como el ancho cinturón, el abeto, el muérdago y el acebo.

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Imagen original de Santa Claus de Thomas Nast publicada en 1965

Aunque fue representado varias veces como viajero desde el Polo Norte, su voluntariosa aceptación de las tareas del hogar y sus simpáticos diálogos con padres y niños le convirtieron en una figura todavía más próxima y entrañable.

Cuando las técnicas de reproducción industrial hicieron posible la incorporación de colores a los dibujos publicados en la prensa, Nast pintó su abrigo de un color rojo muy intenso. No se sabe si fue él el primero en hacerlo,o si fue el impresor de Boston Louis Prang, quien ya en 1886 publicaba postales navideñas en que aparecía Santa Claus con su característico vestido rojo.

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Primera representación de Santa Claus con vestido rojo. Thomas Nast 1869.

La posibilidad de hacer grandes tiradas de tarjetas de felicitación popularizó aún más la figura de este personaje, que numerosas tiendas y negocios comenzaron por entonces a usar para fines publicitarios. Llegó incluso a ser habitual que, durante las celebraciones navideñas, los adultos se vistieran como él y saliesen a las calles y tiendas a obsequiar a los niños y hacer propaganda de todo tipo de productos. Entre 1873 y 1940 se publicó la revista infantil St. Nicholas, que alcanzó una enorme difusión.

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Imagen de Santa Claus por Thomas Nast para Harper’s Weekly en la edicion del 1 de Enero de 1881

La segunda mitad del siglo XIX fue trascendental en el proceso de consolidación y difusión de la figura de Santa Claus. Por un lado, quedaron fijados (aunque todavía no definitivamente) sus rasgos y atributos más típicos.

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Carl Stetson Crawford – St. Nicholas para Young Folks Vol. XXXIII, No. 2 (1905)

Por otra, se profundizó en el proceso de progresiva laicización del personaje.

Se le añadió una esposa, la “Sra Claus”

El origen de la Señora Claus se remonta a 1889, en el poema «Goody Santa Claus en un Sleigh Ride» del poeta Katherine Lee Bates, en el cual crea una esposa para Santa Claus, llamada la señora Claus.

<em>Goody Santa Claus en un Sleigh Ride</em>

Katherine Lee Bates
Boston: D. Lothrop Co., 1889

Santa, must I tease in vain, Deer? Let me go and hold the reindeer,
While you clamber down the chimneys. Don’t look savage as a Turk!
Why should you have all the glory of the joyous Christmas story,
And poor little Goody Santa Claus have nothing but the work?

It would be so very cozy, you and I, all round and rosy,
Looking like two loving snowballs in our fuzzy Arctic furs,
Tucked in warm and snug together, whisking through the winter weather
Where the tinkle of the sleigh-bells is the only sound that stirs.

You just sit here and grow chubby off the goodies in my cubby
From December to December, till your white beard sweeps your knees;
For you must allow, my Goodman, that you’re but a lazy woodman
And rely on me to foster all our fruitful Christmas trees.

While your Saintship waxes holy, year by year, and roly-poly,
Blessed by all the lads and lassies in the limits of the land,
While your toes at home you’re toasting, then poor Goody must go posting
Out to plant and prune and garner, where our fir-tree forests stand.

Oh! but when the toil is sorest how I love our fir-tree forest,
Heart of light and heart of beauty in the Northland cold and dim,
All with gifts and candles laden to delight a boy or maiden,
And its dark-green branches ever murmuring the Christmas hymn!

Yet ask young Jack Frost, our neighbor, who but Goody has the labor,
Feeding roots with milk and honey that the bonbons may be sweet!
Who but Goody knows the reason why the playthings bloom in season
And the ripened toys and trinkets rattle gaily to her feet!

From the time the dollies budded, wiry-boned and saw-dust blooded,
With their waxen eyelids winking when the wind the tree-tops plied,
Have I rested for a minute, until now your pack has in it
All the bright, abundant harvest of the merry Christmastide?

Santa, wouldn’t it be pleasant to surprise me with a present?
And this ride behind the reindeer is the boon your Goody begs;
Think how hard my extra work is, tending the Thanksgiving turkeys
And our flocks of rainbow chickens — those that lay the Easter eggs.

Home to womankind is suited? Nonsense, Goodman! Let our fruited
Orchards answer for the value of a woman out-of-doors.
Why then bid me chase the thunder, while the roof you’re safely under,
All to fashion fire-crackers with the lighting in their cores?

See! I’ve fetched my snow-flake bonnet, with the sunrise ribbons on it;
I’ve not worn it since we fled from Fairyland our wedding day;
How we sped through iceberg porches with the Northern Lights for torches!
You were young and slender, Santa, and we had this very sleigh.

Jump in quick then? That’s my bonny. Hey down derry! Nonny nonny!
While I tie your fur cap closer, I will kiss your ruddy chin.
I’m so pleased I fall to singing, just as sleigh-bells take to ringing!
Are the cloud-spun lap-robes ready? Tirra-lirra! Tuck me in.

Off across the starlight Norland, where no plant adorns the moorland
Save the ruby-berried holly and the frolic mistletoe!
Oh, but this is Christmas revel! Off across the frosted level
Where the reindeers’ hoofs strike sparkles from the crispy, crackling snow!

There’s the Man i’ the Moon before us, bound to lead the Christmas chorus
With the music of the sky-waves rippling round his silver shell —
Glimmering boat that leans and tarries with the weight of dreams she carries
To the cots of happy children. Gentle sailor, steer her well!

Now we pass through dusky portals to the drowsy land of mortals;
Snow-enfolded, silent cities stretch about us dim and far.
Oh! how sound the world is sleeping, midnight watch no shepherd keeping,
Though an angel-face shines gladly down from every golden star.

Here’s a roof. I’ll hold the reindeer. I suppose this weather-vane, Dear,
Some one set here just on purpose for our teams to fasten to.
There’s its gilded cock, — the gaby! — wants to crow and tell the baby
We are come. Be careful, Santa! Don’t get smothered in the flue.

Back so soon? No chimney-swallow dives but where his mate can follow.
Bend your cold ear, Sweetheart Santa, down to catch my whisper faint:
Would it be so very shocking if your Goody filled a stocking
Just for once? Oh, dear! Forgive me. Frowns do not become a Saint.

I will peep in at the skylights, where the moon sheds tender twilights
Equally down silken chambers and down attics bare and bleak.
Let me show with hailstone candies these two dreaming boys — the dandies
In their frilled and fluted nighties, rosy cheek to rosy cheek!

What! No gift for this poor garret? Take a sunset sash and wear it
O’er the rags, my pale-faced lassie, till thy father smiles again.
He’s a poet, but — oh, cruel! he has neither light nor fuel.
Here’s a fallen star to write by, and a music-box of rain.

So our sprightly reindeer clamber, with their fairy sleigh of amber,
On from roof to roof , the woven shades of night about us drawn.
On from roof to roof we twinkle, all the silver bells a-tinkle,
Till blooms in yonder blessèd East the rose of Christmas dawn.

Now the pack is fairly rifled, and poor Santa’s well-nigh stifled;
Yet you would not let your Goody fill a single baby-sock;
Yes, I know the task takes brain, Dear. I can only hold the reindeer,
And so see me climb down chimney — it would give your nerves a shock.

Wait! There’s yet a tiny fellow, smiling lips and curls so yellow
You would think a truant sunbeam played in them all night. He spins
Giant tops, a flies kites higher than the gold cathedral spire
In his creams — the orphan bairnie, trustful little Tatterkins.

Santa, don’t pass by the urchin! Shake the pack, and deeply search in
All your pockets. There is always one toy more. I told you so.
Up again? Why, what’s the trouble? On your eyelash winks the bubble
Mortals call a tear, I fancy. Holes in stocking, heel and toe?

Goodman, though your speech is crusty now and then there’s nothing rusty
In your heart. A child’s least sorrow makes your wet eyes glisten, too;
But I’ll mend that sock so nearly it shall hold your gifts completely.
Take the reins and let me show you what a woman’s wit can do.

Puff! I’m up again, my Deary, flushed a bit and somewhat weary,
With my wedding snow-flake bonnet worse for many a sooty knock;
But be glad you let me wheedle, since, an icicle for needle,
Threaded with the last pale moonbeam, I have darned the laddie’s sock.

Then I tucked a paint-box in it (‘twas no easy task to win it
From the Artist of the Autumn Leaves) and frost-fruits white and sweet,
With the toys your pocket misses — oh! and kisses upon kisses
To cherish safe from evil paths the motherless small feet.

Chirrup! chirrup! There’s a patter of soft footsteps and a clatter
Of child voices. Speed it, reindeer, up the sparkling Arctic Hill!
Merry Christmas, little people! Joy-bells ring in every steeple,
And Goody’s gladdest of the glad. I’ve had my own sweet will.

Luego, en 1956 la canción popular Señora Santa Claus, de George Melachrino, ayudó a estandarizar y establecer el carácter y papel de la Señora Claus en la imaginación popular

Un “Santa” pagano inspirado en uno cristiano

Santa Claus dejó de ser una figura típicamente religiosa, asociada a creencias específicas de determinados grupos credenciales, y se convirtió más bien en un emblema cultural, celebrado por personas de credos y costumbres diferentes, que aceptaban como suyos sus abiertos y generales mensajes de paz, solidaridad y prosperidad.

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Norman Rockwell “Saturday Evening Post” – 2 de diciembre 1922

Además, dejó de ser un personaje asociado específicamente a la sociedad norteamericana de origen holandés, y se convirtió en patrón de todos los niños norteamericanos, sin distinción de orígenes geográficos y culturales. Prueba de ello fue que, por aquella época,
hizo también su viaje de vuelta a Europa, donde influyó extraordinariamente en la revitalización de las figuras del «Father Christmas» o «Padre Navidad» británico, o del «Père Noël» o «Papá Noel» francés, que adoptaron muchos de sus rasgos y atributos típicos.

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NC Wyeth – Antiguo Kris El Caballero de Campo – 1925

A finales de la década de 1920, un estándar americano de “Santa” de tamaño natural en color rojo, con traje de adornos en piel había surgido del trabajo de NC Wyeth, Norman Rockwell y otros ilustradores populares.

Coca Cola da el último toque a su imagen

El último momento de inflexión importante en la evolución iconográfica de Santa Claus tuvo lugar con la campaña publicitaria de la empresa de bebidas Coca-Cola, en la Navidad de 1930.

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Como cartel anunciador  de su campaña navideña, la empresa publicó una imagen de Santa Claus escuchando peticiones de niños en un centro comercial. Aunque la campaña tuvo éxito, los dirigentes de la empresa pidieron al pintor de Chicago (pero de origen sueco)
Habdon Sundblom que  remodelara el Santa Claus de Nast. El artista, que tomó como primer modelo a un vendedor jubilado llamado Lou Prentice, hizo que perdiera su aspecto de gnomo y ganase en realismo. Santa Claus se hizo más alto, grueso, de rostro alegre y bondadoso, ojos pícaros y amables, y vestido de color rojo con ribetes blancos, que eran los colores oficiales de Coca-Cola.

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En 1930, el artista Fred Mizen pinto el departamento de una tienda  con la imagen de Santa bebiendo una botella de Coca-Cola. El anuncio contó con la fuente más grande del mundo de soda, que se encontraba en el departamento de Famous Barr Co. en St. Louis, Mo. Mizen usó la pintura en los anuncios impresos durante la temporada de Navidad que aparecen en The Saturday Evening Post en diciembre de 1930.

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Ilustración de Haddon Sundblom para “The Saturday Evening post” de 1931

El personaje estrenó su nueva imagen, con gran éxito, en la campaña de Coca-Cola de 1931, y el pintor siguió haciendo retoques en los años siguientes.

Muy pronto se incorporó a sí mismo como modelo del personaje, y a sus hijos y nietos como modelos de los niños que aparecían en los cuadros y postales.

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Los dibujos y cuadros que Sundblom pintó entre 1931 y 1966 fueron reproducidos en todas las campañas navideñas que Coca-Cola realizó en el mundo, y tras la muerte del pintor en 1976, su obra ha seguido difundiéndose constantemente.

Por el cauce de las postales, cuentos, cómics, películas, etc. norteamericanas,  la oronda figura de Santa Claus sigue ganando popularidad en todo el mundo, y hoy puede decirse que constituye la advocación más universal y conocida, y  también la más laica y comercial, de todas las derivadas del San Nicolás de Bari que desde el siglo IV se ha considerado por el judeocristianismo como el tradicional protector de los niños.

La evolución constante de los personajes judeocristianos es lo que ha hecho que el cristianismo siga manteniéndose y sustentándose. De esta forma es como obtenemos un mito, un producto y un personaje al que “adorar”, aunque sea poco o muy alejado del que existió realmente.

Fuentes:

http://es.wikipedia.org/wiki/Nicol%C3%A1s_de_Bari

http://es.wikipedia.org/wiki/Santa_Claus

http://www.stnicholascenter.org/Brix?pageID=35

http://www.sonofthesouth.net/Original_Santa_Claus.htm

http://www.autorescatolicos.org/jesusmartiballester135.pdf

http://decktheholidays.blogspot.com/2010/11/yes-virginia-coca-cola-created-santa.html

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