Durante los siglos II y III, un sabio griego y escriba judío, un pagano hierofante y un sacerdote egipcio, todos ellos, contribuyeron a la leyenda del fabuloso personaje al que los cristianos adoran. La esperanza común de una vida futura, no sólo para la élite, sino para todos y cada uno de los ciudadanos del imperio, hizo que este héroe mítico alcanzara la popularidad deseada por los religiosos que la promovieron.
Para Constantino la superstición era útil. En el siglo IV, la adoración de Jesucristo se convirtió en un culto patrocinado por el Estado en todo el Imperio Romano – además de ser particularmente exitoso en Egipto.