"Dios les dice a Adán y Eva que no coman el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Si ésta era la única forma en que podían llegar a distinguir la diferencia entre el bien y el mal, ¿cómo iban a saber que era incorrecto desobedecer a Dios y comer la fruta?"

Laurie Lynn

Guía hacia la intolerancia y el desprecio: de cómo la Iglesia desprecia y promueve el odio hacia la razón, lo moderno y la libertad

Un repaso a los documentos más emblemáticos con los que la Iglesia católica, desde el siglo XIX hasta finales del XX, ha condenado la libertad, el pensamiento crítico, la modernidad y la autonomía de la razón. Una guía involuntaria hacia la intolerancia.

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La historia del catolicismo no se entiende solo a través de los altares y de las catedrales, sino también a través de sus documentos: textos solemnes, escritos con pompa y sello divino, que no dejan de ser manifiestos políticos disfrazados de doctrina. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha levantado muros contra lo que ha considerado «errores» de la modernidad: la libertad de pensamiento, la autonomía de los Estados frente al clero, la investigación científica, la crítica racional y, en general, cualquier forma de emancipación humana que escape a su control.

Lejos de ser una mera anécdota histórica, estos textos muestran la sistemática desconfianza e incluso odio que el Vaticano ha profesado hacia la razón y hacia las conquistas de la modernidad. Desde el Syllabus de Pío IX, que condenaba la libertad religiosa y los Estados laicos, hasta la Fides et Ratio de Juan Pablo II, que todavía intentaba someter la filosofía al dogma, la Iglesia ha desplegado toda una cruzada contra el pensamiento libre.

En este artículo repasaremos algunos de los documentos más significativos que, en nombre de la fe, buscaron imponer la intolerancia como norma y el desprecio hacia la libertad como virtud.

El Syllabus Errorum: la condena de lo moderno

El 8 de diciembre de 1864, el papa Pío IX decidió dejar constancia escrita de lo mucho que detestaba el mundo moderno. Lo hizo mediante un texto de nombre pomposo: Syllabus Errorum (o más formalmente Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores), que significa “Relación de los principales errores de nuestro tiempo”. La ironía es evidente: lo que el pontífice consideraba “errores” no eran precisamente crímenes o injusticias, sino conquistas intelectuales y sociales que hoy forman la base de la civilización contemporánea.

Por ejemplo, en la proposición n. 15 del Syllabus se condena:

“Todo hombre es libre de abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la luz de la razón, juzgare verdadera.”

Y en la proposición n. 55 se anatematiza la separación Iglesia-Estado:

“Es necesario separar la Iglesia del Estado y el Estado de la Iglesia.”

Es decir, lo que para nosotros es libertad de conciencia y laicidad, para Pío IX fue un “error pernicioso” que debía ser combatido. Ahí tienes el respaldo textual a la idea de que el Syllabus no perseguía crímenes, sino avances sociales básicos.

El documento es una lista de 80 proposiciones condenadas, un catálogo de prohibiciones que incluye cosas como la libertad religiosa, el derecho de conciencia, la idea de que el Estado pueda ser independiente de la Iglesia, la educación laica y la posibilidad de que la ciencia investigue sin permiso clerical. En otras palabras, todo aquello que supusiera emancipar al ser humano del control eclesiástico fue tachado de herejía.

El Syllabus no se escribió en el vacío. Europa estaba cambiando: la Revolución Francesa había demostrado que la religión no era indispensable para organizar un Estado, mientras que en Italia el Risorgimento amenazaba directamente el poder temporal del papado. Frente a eso, Pío IX reaccionó con una mezcla de pánico y autoritarismo, atrincherándose en el discurso medieval de “fuera de la Iglesia no hay salvación” y elevándolo a rango de “doctrina oficial”.

Así, el Syllabus no es un simple documento teológico, sino un manifiesto político disfrazado de teología, una declaración de guerra contra la modernidad que consolidó al papado como enemigo institucional de la libertad.

Fuente: Texto completo traducido al castellano

Quanta Cura: la libertad bajo sospecha

Ese mismo día, junto con el Syllabus, apareció la encíclica Quanta Cura, firmada también por Pío IX. Aquí el tono deja de ser una lista de prohibiciones y pasa a ser un sermón indignado contra la época que le tocó vivir.

La encíclica carga contra la libertad de culto, a la que describe como una doctrina perversa que llevaría a la ruina moral de la sociedad. Para el papa, permitir que cada persona eligiera su religión era equivalente a abrir la puerta al caos y al relativismo. La idea de que un ser humano pudiera tener libertad de conciencia sin la tutela del Vaticano era vista como un peligro mayor que la injusticia o la opresión política.

La laicidad del Estado, otra de las grandes conquistas del siglo XIX, recibe un ataque frontal: se denuncia como inadmisible que los gobiernos no se sometan a la autoridad de la Iglesia, y se rechaza el principio de que la legislación civil pueda ser independiente de la doctrina católica. Es decir, el papa exigía que todo Estado siguiera siendo un Estado confesional, sometido al catecismo.

En perspectiva, Quanta Cura es un ejemplo perfecto de cómo la Iglesia ha reinterpretado la palabra “libertad”: no como la capacidad humana de decidir, sino como la “libertad” de obedecer a Roma. La encíclica es una confesión de miedo: miedo a perder el monopolio espiritual, miedo a que el individuo piense por sí mismo, miedo a un mundo donde el Vaticano ya no dicta la ley.

Providentissimus Deus: Biblia contra ciencia

El 18 de noviembre de 1893, el papa León XIII publicó la encíclica Providentissimus Deus, cuyo subtítulo ya da la pista: “Sobre el estudio de las Sagradas Escrituras”. Lejos de ser una invitación abierta a la investigación libre, el texto fue en realidad un cerrojo para asegurar que la Biblia se siguiera leyendo con anteojeras dogmáticas.

En pleno siglo XIX, la ciencia vivía una auténtica revolución: Darwin había publicado El origen de las especies apenas tres décadas antes, la geología estaba desterrando la idea de una Tierra joven y el racionalismo se consolidaba como método crítico frente a los mitos religiosos. El Vaticano, incómodo con esa ola de descubrimientos, reaccionó con un documento que, en el fondo, buscaba blindar la Escritura frente a cualquier avance incómodo.

León XIII aceptaba que existían “aparentes contradicciones” en la Biblia, pero su solución era simple: reinterpretar o forzar el texto siempre que hiciera falta para que cuadrara con la fe. De paso, reafirmaba que la creación del mundo en seis mil años seguía siendo perfectamente compatible con la “verdad”. En otras palabras: mejor deformar la ciencia antes que tocar una coma del dogma.

Providentissimus Deus fue, pues, la respuesta papal al siglo de Darwin: un recordatorio de que, para la Iglesia, la ciencia solo es válida cuando sirve de escolta a la teología.

Fuente: Texto completo desde la web oficial del Vaticano

Pascendi Dominici Gregis: inquisición contra el modernismo

El 8 de septiembre de 1907, el papa Pío X firmó la encíclica Pascendi Dominici Gregis, considerada el acta de nacimiento de la cruzada contra el “modernismo”. El texto empieza denunciando a los teólogos que intentaban reconciliar la fe con la crítica histórica o con la filosofía contemporánea y acaba convirtiéndose en una especie de manual inquisitorial para sofocar cualquier intento de renovación.

En el n. 39 el Papa dice:

“Es, pues, necesario aplicar remedios a este mal, y el primero de todos es apartar a los clérigos del peligro del modernismo. Conviene, por tanto, que en todas las diócesis se establezcan consejos de vigilancia… para examinar con diligencia las publicaciones que se hagan y los escritos que se difundan.”

Y en el n. 42 remata con la famosa definición:

“El modernismo es el compendio de todas las herejías.”

Es decir, no se limita a discutir ideas, sino que instaura un sistema de vigilancia y censura clerical, auténtico manual inquisitorial para sofocar cualquier intento de renovación dentro de la Iglesia.

El modernismo, según el Vaticano, no era una corriente teológica, sino “el compendio de todas las herejías”. Con esa frase lapidaria, Pío X dejó claro que cualquier católico que intentara leer la Biblia con criterios científicos o filosóficos era, automáticamente, un enemigo de la fe.

Pero el asunto no quedó en palabras. Para garantizar la obediencia, se instauró el juramento antimodernista en 1910*: todos los obispos, sacerdotes y profesores de teología tuvieron que prometer formalmente que nunca aceptarían ideas modernistas. Este juramento se mantuvo vigente durante casi sesenta años, hasta que Pablo VI lo abolió en 1967. La Iglesia no se limitó a criticar el pensamiento moderno: lo criminalizó dentro de sus propias filas.

Pascendi Dominici Gregis demuestra que el Vaticano no temía tanto al ateísmo abierto como a los herejes de dentro: aquellos que, desde la fe, se atrevían a pensar con cabeza propia.

Fuente: Texto oficial en el Vaticano

Nota  (*): este era un decreto papal del Papa Pío X, publicado en 1910 a través de su motu proprio Sacrorum Antistitum, que exigía al clero y a los profesores de centros eclesiásticos repudiar y jurar contra las doctrinas del modernismo teológico.

Fides et Ratio: la razón bajo custodia

Más de noventa años después, en 1998, el papa Juan Pablo II publicó Fides et Ratio (“Fe y Razón”), una encíclica que en apariencia sonaba conciliadora: la fe y la razón, decía, no son enemigas sino aliadas. El problema es que, al leer con calma, la conclusión es otra: la razón solo es legítima si reconoce la primacía de la fe.

En el n. 55 se dice:

“La fe, por tanto, lejos de ser un obstáculo para la razón, constituye más bien su apoyo y garantía. Por eso, la razón, privada de la revelación, se extravía en caminos equivocados y corre el riesgo de perder de vista su fin último.”

Traducido: lo que parece conciliación es en realidad jerarquía: la fe es presentada como “garantía” de la razón, y sin ella la razón queda “extraviada”. Es decir, la razón no es autónoma, sino válida solo si acepta la primacía de la fe.

Es decir, la filosofía y la ciencia podían avanzar, sí, pero con una condición: no contradecir nunca el dogma católico. En caso de conflicto intelectual, por imposición ganaba la fe. Lo que parecía una invitación al diálogo era en realidad una advertencia: pensar sí, pero hasta donde la Iglesia lo permita.

El contraste con la modernidad tardía resulta evidente. En 1998 Internet ya estaba en expansión, la biología molecular descifraba el genoma humano, y el pensamiento crítico se globalizaba. Frente a ello, el Vaticano insistía en colocarle grilletes a la razón, reafirmando un modelo de pensamiento en el que la libertad intelectual debía estar siempre bajo custodia clerical.

En el fondo, Fides et Ratio es el último eco de un discurso que empezó en el Syllabus de Pío IX: un siglo entero repitiendo que la autonomía de la razón es peligrosa, y que el ser humano necesita tutores espirituales que le digan hasta dónde puede pensar.

Fuente: Texto oficial en el Vaticano

Conclusión: un siglo de intolerancia y control

El recorrido por estos documentos, del Syllabus de Pío IX a la Fides et Ratio de Juan Pablo II, deja una evidencia imposible de ignorar: la Iglesia católica ha practicado durante siglos una campaña sistemática contra la razón, la libertad y la modernidad.

Lo que para el mundo civilizado eran avances sociales y científicos (libertad de conciencia, laicidad, pensamiento crítico, investigación científica) fue percibido por el Vaticano como una amenaza existencial. Cada encíclica, cada documento, no solo condenaba ideas, sino que estructuraba mecanismos de control y represión: censura de libros, juramentos obligatorios, vigilancia de teólogos y clérigos, imposición de una visión única de la realidad.

A lo largo de más de un siglo, la Iglesia convirtió la fe en instrumento de poder sobre la mente: la razón debía plegarse a la doctrina, el pensamiento libre se interpretaba como herejía, y cualquier intento de modernización se etiquetaba como perversión.

El mensaje que se desprende de este recorrido es claro y persistente: la religión organizada, en su versión institucionalizada, ha buscado preservar su autoridad por encima de la verdad y del conocimiento, promoviendo la obediencia y la sumisión como virtudes y considerando la autonomía intelectual como un peligro.

En última instancia, estos textos históricos son menos manuales de fe que guías hacia la intolerancia y el desprecio por la libertad humana, recordatorios de que el progreso intelectual y social ha tenido que enfrentarse a un obstáculo poderoso y persistente: el dogma.

El mundo ha avanzado en derechos y libertades no gracias a la religión sino pese a ella.

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ridi pagliaccio
ridi pagliaccio
10 meses atrás

¡Buenos lavados de cerebro para todos!

  Si bien el amo se aprovecha siendo el 1 sobre el rebaño que suma sus 0, es un esclavo más al estar obligado a sostener la conciencia ideal con su flauta mágica.
Éste matrimonio estructurado piramidalmente, es un fractal que se reproduce en menor o mayor medida en cada núcleo familiar como célula del cuerpo social. 
Por lo cual, la conciencia de cada integrante es condicionada con órdenes de acción que reprimen el desarrollo y expresión plena de la consciencia, pero que les libera ilusoriamente de su responsabilidad ofreciendo un piso lo suficientemente firme para obtener un sentido a su vida dentro de la lógica de la supervivencia, cuestión que vela todo lo trascendente y esencial.

 La historia nos cuenta cómo las asociaciones de reinados se postularon ser los dueños de la tierra bajo un manto divino que les otorga la potestad de gobernar y ser el azote autorizado de los pueblos. La conquista es por la fuerza bruta física y sutil, que logra modificar la memoria de las apariencias como filtro de ajuste de realidad.
El gran teatro de realidad obtenido de continuas conquistas se ha ido sofisticando gracias a una trinidad de ficciones, las fantásticas, las legales y las técnicas. Ya sea si se cree que se elige a un representante terrenal o se cree que no se tiene el derecho a ser obligado a elegir a uno celestial, el creyente es sólo un actor que se deja llevar por la corriente del teatro.

  Sin embargo, está organización es un sistema lógico que se normaliza por el estado de consciencia del cuerpo social. Las palabras conformadas en y por el estado son el sedimento del desarrollo de la consciencia. Por lo cual, todo es perfecto según lo escrito, pero no lo es desde el aspecto evolutivo de la consciencia.

 Éste hecho se comprende desde el principio comunicativo.
Cuando dos consciencias sintonizan en un punto, se potencian generando un nuevo espacio creativo en dónde el amor, la libertad y el respeto, son y se expresa sin la necesidad de una autoridad, juez ni valorador. Las palabras sobran porque la verdad es evidente en el hecho.
Mientras que en descomunicación se polarizan en dónde uno se impone sobre el otro. Las palabras amor, libertad y respeto surgen por la necesidad de una carencia. Es una presencia sentida como ausente, es el fantasma de un huérfano de consciencia. Éste estado de dispersión entrópica es el olvido que instiga naturalmente a enfocar la atención en el pasado(la memoria) para corregir el defecto generador del error. Surgen entonces, nuevas palabras para identificar la condición como represión, obediencia y tolerancia.
La insoportable eternidad es obtenida para ese propósito porque la memoria de las apariencias es atemporal. El punto gravitatorio de sentido del objeto virtual u holografico ejerce un reordenamiento provisorio en el presente continuo.
La señal de sufrimiento es la señal del acto fallido en el teatro de realidad.
 
  En el estado de confusión y descomunicación todo es forzado, guionado automáticamente por algo que debe tomar el control cuando el creyente está ausente de su realidad, y es la conciencia, un constructo que forma parte de la máquina biológica, un ciego ente interpretador de realidad que se basa en las apariencias. Es el intermediario entre lo temporal y trascendente, entre el sueño y la vigilia, entre el mapa y el territorio. Puede ser un amigo y maestro, o por el contrario, un enemigo y tirano, de acuerdo a la necesidad del dueño del rebaño o de la oveja negra. 
 La conciencia como amo, es el reflejo especular del sistema de gobierno del estado social. Gobierna sobre los defectos y las virtudes, es decir, para el amo no existe el bien o el mal, son instrumentos para el propósito de gobierno, mientras el rebaño cree en una lucha eterna entre el bien y el mal, por lo cual, ambos están obligados a mantener con premios y castigos, retroalimentar y proteger el circuito cerrado de toda amenaza externa. El premio llega a ser simplemente, no ser castigado.
Sin embargo, a partir de aquí, de ésta paz prefabricada, comienza el camino del héroe cuando el creyente advierte la señal de distorsión de realidad. En el primer estadío el héroe es externo, el creyente buscará a Dios o así mismo, paradójicamente fuera de aquello que lo insta ser normal. 
En el segundo estadío se convierte en el héroe y deberá hacer realidad su creencia máxima de la lucha entre el bien y el mal, luchando contra sí mismo.
En el tercer estadío despierta su consciencia disolviendo la ilusión reconociendo sus virtudes esenciales que brinda la seguridad o la fe que necesita un ciego creyente en las apariencias o símbolos de realidad.

  La conciencia como computador biológico, tiene la lógica, sentido y correspondencia que se encuentra entre la luz del sol y el ojo. El ordenamiento natural se realiza binariamente en planos de dos dimensiones afectados a la mecánica clásica que brinda sincronía, previsibilidad y cierta seguridad entre el mapa y el territorio. Esto implica que los inicios y fines ya se encuentran prestablecidos en el cosmos aparente conformado por la memoria de las apariencias. Todas las innumerables variantes que suceden entre esos dos puntos son anecdóticas. Lo que llaman incertidumbre, son lógicas booleanas que aparentan aleatoriedad encubriendo la intención del creyente que moviliza y pone en marcha lo programado. 
  El sistema informático global es una extrapolación de la lógica básica natural, en un intento inconsciente de exteriorizar para reintegrar el símbolo de realidad y así adquirir una consciencia superior.
 
  En la cúspide de la pirámide truncada se encuentra un centro invisible, el fantasma de la consciencia del creyente que hace realidad el teatro.
Por éste hecho existe al mismo tiempo la realidad que es, y la aparente. El amor existe y no existe al mismo tiempo, como la identidad del creyente. 

 Al final lo que muere inevitablemente es la apariencia del cosmos aparente, lo que se cree que debería ser el mundo, el amor y uno mismo eternamente. 
 Es una bendición que la estupidez no sea eterna.

 Cualquiera entonces, podrá advertir, aunque sea solo un instante, que la verdad surge naturalmente hasta en lo creído como lo mas insignificante, aunque se le imprima una ficción de gobierno que obligue al creyente a despojarse de lo que es suyo, para que luego un listillo, le intente vender salvaciónentre un mal menor y uno mayor.

Amamos los cuentos, pero más amamos vivir, y luego contar los nuestros.

El que se adentra en lo desconocido, como puede ser entrar en el cuento de Caperucita roja sin saberlo, se dejará llevar por la lógica del estado concebido por un escritor que busca exteriorizar la razón de su confusión sumando y religando ceros a su ilusión y condición. 

Si bien a la consciencia se le suele llamar Dios, la palabra que lo define es solo un contenedor y vehículo que intenta capturar inconscientemente la esencia de algo imposible de encarcelar, solamente en una ilusión. Por eso es más sencillo manipular artefactos mecánicos, porque ofrecen seguridad en el control, no contestan, sólo obedecen.
La amplitud de la definición de lo contenido en un símbolo, varía en el desarrollo, tanto en la palabra amor, como lo que significa el nombre de una persona.

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