Ya que hemos aludido a la religión, convendrá, quizás, examinar más de cerca esta extraña forma de comportamiento animal... [L]as actividades religiosas consisten en la reunión de grandes grupos de personas para realizar reiterados y prolongados actos de sumisión, al objeto de apaciguar a un individuo dominante... A primera vista es sorprendente que la religión haya prosperado tanto, pero su extraordinaria potencia es simplemente una medida de la fuerza de nuestra tendencia biológica fundamental, heredada directamente de nuestros antepasados simios, a someternos a un miembro dominante y omnipotente del grupo. Desmond Morris

Ejemplos de cómo han «apoyado» el pensamiento libre y crítico en el cristianismo: Lactancio

Índice de contenido

Piensa en ello…

No necesitamos que Dios haga lo que nosotros podemos hacer y no hacemos. No hay necesidad, ni valor, ni nada que ganar, si Dios salva lo que nosotros no queremos salvar. Un Dios que nos salva de las consecuencias de nuestros pecados colectivos es un Dios que nos arrebata la condición de criaturas y la reduce a servidumbre… Y, lo que tal vez es aún peor, hace de Dios el narrador de una obra teatral llamada ‘vida’ que nosotros escribimos cada día por mandato del Ser al que llamamos Dios. Joan Chittister
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Lo vimos con Ireneo de Lyon, lo vimos con Epifanio de Salamina, lo vimos con Tertuliano, y lo veremos ahora con el apologista cristiano Lucio Cecilio Firmiano Lactancio  (c. 245-c. 325). Y es que, recuperando esta sección en mi blog, pienso mostraros ejemplos de cómo ya desde sus inicios los cristianos eran unos intolerantes fanatizados que propagaron su ignorancia y supersticiones mediante sofismas. Razonamientos falaces que, como veremos ahora, han envejecido fatal frente a aquellos filósofos a quienes criticaban por cuestionar con su ciencia las creencias religiosos que a estos apologistas les colaron y luego se dedicaron a predicar.

Todas las religiones menos la suya son depravadas

Como todo monoteísta abrahámico y en este caso cristiano, Lactancio no soporta en su intolerancia más religión que la suya. De hecho no concibe ni parece conocer cómo y cuando se formaron dichas religiones, a las que reduce a lo que según él es negativo, que es buscar la felicidad en la tierra en vez de en el cielo una vez muerto:

A mí, en mis frecuentes pensamientos y reflexiones internas, me suele dar la impresión de que la antigua situación del género humano era extraña y, en la misma medida, indigna, porque a causa de la estolidez de una sola época que aceptó distintas religiones y que creyó en la existencia de muchos dioses se llegó de pronto a tal extremo de inconsciencia que, alejada de los ojos la verdad, no se aceptaba la religión del Dios verdadero ni el sentido de la dignidad humana, ya que los hombres no buscaban el bien supremo en el cielo, sino en la tierra. Por esta razón queda sin duda menguada la felicidad de los tiempos pasados. Y es que, tras olvidarse del Dios padre y creador de todas las cosas, empezaron a venerar las creaciones insensibles de sus propias manos ‘. Los propios hechos evidencian los resultados que produjo y los males que acarreó esta depravación.

Lactancio contra los judíos especialmente

Lactancio, que como buen cristiano de su época odia y critica a los judíos (su competencia abrahámica, de quienes irónicamente tomaron sus mitos), dedica una parte importante de su obra «Intuiciones Divinas» (Intuiciones Divinas) a predicar la idea de que son el mal frente a ellos, los cristianos, que traerán según él «paz» al mundo (Libro IV, Capítulo XII).

Emprenderé ahora la parte que falta para poder poner fin a la obra; y lo que falta es hablar del juicio divino: este juicio tendrá lugar cuando nuestro Señor vuelva a la tierra para dar a cada uno premio o castigo, según sus méritos. Así pues, de la misma forma que en el libro cuarto hablé de su primera venida, así en éste hablaré de la segunda, venida que también los judíos reconocen y esperan, aunque en vano, ya que vendrá necesariamente para dar consuelo a aquellos a los que convocó en su primera venida. Y es que, quienes impíamente le atormentaron en su humildad, probarán el poder de su victoria y sufrirán, siendo ahora Dios el que devuelve la moneda, lo que leen y no comprenden lo: efectivamente, embadurnados con todo tipo de pecados y manchados además de sangre divina, serán enviados al suplicio eterno por aquel mismo en quien pusieron sus nefandas manos. Pero mi polémica contra los judíos será materia de una obra distinta en la que rechazaré sus errores y crímenes.

Empieza el ataque a los filósofos

Lactancio tiene tanto desprecio por los judíos que les dedicará una obra aparte. Ahora, que es lo que nos ocupa, va a dedicar parte de esta a opinar sobre los filósofos clásicos:

Enseñemos ahora a los que desconocen la verdad. Por disposición divina está establecido que este mundo pecador acabe una vez que se haya cumplido su espacio temporal y que, desaparecida radicalmente toda maldad y llamadas las almas de los buenos a la vida bienaventurada, florezca, bajo el reinado del propio Dios, una época benévola, tranquila, pacífica y, en fin, como dicen los poetas, dorada.

Después de Lactancio ya veríamos lo «tranquila, pacífica y dorada» que fue la época que trajo el cristianismo al mundo. Pero sigamos con lo que este apologista cristiano opina sobre los filósofos, que según él es errónea basándose en una falacia de alegato especial:

En un primer momento,la causa de todos los errores de los filósofos fue ésta: que no comprendieron la razón de ser del mundo, razón que contiene toda la sabiduría. Pero esta razón no puede ser comprendida desde su propio sentido ni desde su significado interno: y esto es lo que pretendieron hacer ellos por sí mismos sin la ayuda de ningún maestro. De ahí que cayeran en opiniones variadas y con frecuencia contradictorias, de las cuales no podían escapar, .y que se vieran embarazados en el propio barro, como dice el autor de comedias, es decir, sin que encontraran argumentos para sus hipótesis, aunque esas hipótesis fueran ciertas, pero que no podían ratificar y demostrar al no poseer la ciencia de la verdad y de las cosas celestiales: y esta ciencia, como ya he dicho muchas veces, no puede ser comprendida por el hombre si no es con la ayuda del magisterio divino. Y es que, si el hombre puede entender lo divino, podrá también practicarlo, ya que entender es casi cumplir al pie de la letra.

Pero el hombre no puede hacer las cosas que hace Dios, porque está revestido de un cuerpo mortal; y consiguientemente, no puede comprender las acciones divinas; en cuanto a que esto es posible, es fácil que todo el mundo lo deduzca a partir de la grandeza de las cosas y de las obras divinas. Efectivamente, contempla, por favor, el mundo con todas las cosas que hay en él; entenderás inmediatamente cuán por encima de las obras humanas está la obra divina; y la misma diferencia que hay entre las obras divinas y humanas hay también entre la sabiduría de Dios y la del hombre. En efecto, dado que Dios es incorrupto, inmortal y consiguientemente perfecto, puesto que es eterno, también su sabiduría, de la misma forma que él, es perfecta, y nada puede ser para él un obstáculo, puesto que el propio Dios no está sometido a nada. El hombre, sin embargo, puesto que está sometido a la pasión, tiene también su sabiduría sometida al error, y de la misma forma que hay muchas cosas que obstaculizan la vida del hombre para que no pueda ser eterna, así también su sabiduría tiene que verse obstaculizada por muchas cosas, para que no pueda ser perfecta en la comprensión total de la verdad. Así pues, no hay ninguna sabiduría humana si el hombre intenta llegar al conocimiento y a la ciencia de la verdad por sí solo, ya que la inteligencia humana, atada a un cuerpo frágil y cerrada en una cárcel tenebrosa, no puede vagar con libertad ni ver con claridad la verdad, cuyo conocimiento es propio de la condición divina. Sólo Dios conoce, pues, sus obras; el hombre, sin embargo, puede alcanzar la verdad, no con sus pensamientos y análisis, sino aprendiéndola y escuchándola de aquel que es el lo único que puede conocerla y enseñarla. Por ello, Marco Tulio, al traducir de Platón la frase de Sócrates en la que éste decía que había llegado el momento de salir de esta vida, mientras que los que le oían seguían viviendo, dijo:

«Los dioses inmortales saben cuál de las dos cosas es mejor, pero pienso que ningún hombre lo sabe».

Así pues, todas las sectas filosóficas tienen necesariamente que estar muy alejadas de la verdad, porque fueron los hombres quienes las fundaron, y no pueden tener ninguna base ni firmeza, ya que no están apuntaladas en ninguna revelación divina.

Y a propósito de los errores de los filósofos, a los que estamos aludiendo: sobre el los estoicos dividen la naturaleza en dos partes, una que actúa y otra que es susceptible de ser tratada; en la primera dicen que se encuentra la capacidad de sentir y en la segunda la materia, y que una sin otra no puede nada.

Pero ¿cómo puede la misma cosa ser agente y paciente? Si alguien dice que es lo mismo el vaso que la arcilla o que la arcilla es lo mismo que el vaso, ¿no nos parecerá abiertamente que está loco? Éstos, en cambio, incluyen bajo el solo nombre de naturaleza dos cosas muy diferentes: a Dios y al mundo, al artífice y a la obra; y dicen que el uno sin el otro no puede nada, como si la naturaleza fuese Dios y el mundo mezclados; y es que llegan a tal extremo de confusión que para ellos Dios es la mente del mundo y el mundo el cuerpo de Dios, como si el mundo y Dios hubiesen empezado a existir al mismo tiempo y no hubiese sido el propio Dios el que hizo el mundo. Y esto último lo reconocen ellos mismos en otros lugares, cuando declaran que el mundo ha sido hecho para los hombres y que Dios, si quiere, puede existir sin el mundo, ya que Dios es la mente divina y eterna, libre y exenta de cuerpo.

Pero, como no pudieron entender su fuerza y majestad, confundieron a Dios con el mundo, es decir, con su obra. De ahí esos versos de Virgilio:

«Y difundida por todas sus partes, una mente pone en movimiento toda la masa del universo y se mezcla con su gran cuerpo.»

¿Dónde está, pues, aquel mundo del que ellos mismos dicen que ha sido creado y es gobernado por la providencia divina? Y es que, si él hizo el mundo, debió existir sin el mundo; si lo gobierna, no lo gobierna ciertamente como la mente al cuerpo, sino como el señor a su casa, el timonel al barco, el auriga al carro; y ninguno de éstos está mezclado con las cosas que dirigen. Pues bien, si todo esto que vemos son miembros de Dios, resulta que han inventado un dios insensible, puesto que sus miembros carecen de sentido, y un dios mortal, puesto que vemos que sus miembros son mortales. Puedo enumerar cuántas veces la tierra, sacudida por repentinos terremotos, o bien se ha abierto o bien ha desaparecido en el abismo; cuántas veces las ciudades y las islas, anegadas por las aguas, han caído en sus profundidades; cuántas las lagunas han inundado los fructíferos campos; cuántas los nos y los estanques se han secado; cuántas los montes o bien han caído en pedazos o bien se han allanado; cuántas el fuego oculto e interior ha consumido muchas regiones y las laderas de muchos montes.

Y esto es poco, suponiendo que Dios no se preocupa de sus miembros y dejando a un lado que incluso al hombre le está permitido hacer cosas contra el cuerpo de Dios: se construyen edificios sobre el mar, son abatidos los montes, y son excavadas las entrañas de la tierra para sacar riquezas. Y ¿qué decir del hecho de que ni siquiera se puede arar sin herir el cuerpo de Dios? ¡Cuán criminales e impíos somos al violar el cuerpo de Dios! ¿Permite, pues, Dios que su cuerpo sea maltratado y se hace a sí mismo vulnerable, o permite que el hombre le reduzca a tal condición? A no ser que quizás ese espíritu divino que está mezclado con el mundo y con todas las partes del mundo haya abandonado la primera capa de la tierra y se haya refugiado en las profundidades, para no sufrir dolor con las continuas laceraciones a que está sometido. Pero si esta hipótesis es vana y absurda, tan faltos de sentido común estuvieron ellos como lo están estas cosas, ya que no comprendieron que el espíritu divino está desparramado por todas partes y que en él está contenido todo, pero no de forma que Dios, que es incorrupto, esté mezclado con los elementos materiales y corruptibles.

Después de hablar describiendo a un «ser» sin evidencias de su existencia más allá de sus creencias, que asume como petitio principii, Lactancio continua con su perorata afirmando cosas (que han resultado ser erróneas) y demostrando que es incapaz de concebir la naturaleza de una forma que no sea utilitarista:

Era, pues, más exacta la idea que recibieron de Platón, en el sentido de que el mundo había sido hecho por Dios y era regido por su providencia. Hubiera convenido, pues, que Platón y sus seguidores hubiesen demostrado y explicado cuál es la causa y la razón de la construcción de una obra tan grande, por qué la hizo Dios y para quién.

Los estoicos, por su parte, dicen: «El mundo fue hecho para los hombres». Lo admito. Pero Epicuro ignora para qué y quién hizo a los propios hombres. Efectivamente, Lucrecio, al afirmar que el mundo no era regulado por los dioses, dice así: «afirmar, por lo demás, que los dioses quisieron disponer esta extraordinaria naturaleza del mundo en favor de los hombres … es» -concluye con razón después- «una locura. Efectivamente, ¿qué ventaja puede dar a los inmortales y bienaventurados nuestra gratitud, de forma que se decidan a hacer cualquier cosa en favor nuestro?». Y es que los estoicos no daban ninguna razón por la cual hubiera sido creado y organizado por Dios el género humano; y ésta es nuestra obligación: exponer el misterio del mundo y del hombre, misterio que ellos ignoraron; y por ello no pudieron tocar ni ver el secreto de la verdad. La consecuencia fue, como dije más arriba, que, a pesar de imaginar la verdad -es decir, que el mundo había sido hecho por Dios y para los hombres-, no pudieron defender esta hipótesis. Finalmente Platón, para evitar que la obra de Dios fuese débil y ruinosa, dijo que «el mundo duraría eternamente». Si el mundo había sido hecho para los hombres y había sido hecho de forma que fuera eterno, ¿por qué no son también eternos esos mismos para los cuales fue hecho? Si son mortales esos para los cuales ha sido hecho, también el mundo ha de ser mortal y corruptible: y es que no vale más el mundo que aquellos para los que ha sido hecho.Si Platón hubiera razonado con lógica, habría comprendido que el mundo, puesto que ha sido hecho, tiene que tener fin, y que sólo puede durar para siempre aquello que no puede ser tocado.

Lactancio vs Demócrito: los átomos no existían según el apologista

En esta parte podremos ver cómo de mal envejecen las creencias religiosas frente a los razonamientos filosóficos cuando las primeras, representadas por nuestro querido apologista cristiano Lactancio, movido por ellas, se dedica a crear silogismos falaces para discutir las conclusiones a las que llegaron filósofos como Epicuro y Demócrito. Lactancio llega a discutirle a Demócrito la existencia de los átomos. El tiempo y la evidencia, finalmente le dieron más la razón a Demócrito que a Lactancio, cuya única propuesta se basa en inferir y afirmar tajantemente que todo tiene un propósito (que el mundo fue creado» y además a propósito para el hombre – idea bastante egocéntrica y antropocentrista donde las haya) sin demostrar que lo tiene. Un recurso argumentativo falaz que el cristianismo sigue empleando 17 siglos después de Lactancio.

Por otro lado, quien dice que el mundo no ha sido hecho para los hombres, no tiene ninguna razón. Efectivamente, si dice que el creador del mundo hizo esta enorme obra para sí mismo, ¿por qué hemos nacido nosotros?; ¿por qué disfrutamos del propio mundo?; ¿qué significado tiene la creación del género humano y de los demás seres animados?; ¿por qué cogemos los bienes de otro?; ¿por qué, en fin, crecemos, envejecemos y morirnos?; ¿qué sentido tiene la propia procreación?; ¿qué sentido el continuo suceder de generaciones? Ciertamente Dios quiso complacerse contemplando y modelando estas, por así decir, estatuilla~ en sus variadas imágenes; y ni siquiera, aunque así fuese, se preocuparía por los seres vivos y en especial por el hombre, a cuyo poder sometió todas las cosas.

En lo que se refiere a la opinión de aquellos que dicen que el mundo existió siempre, paso por alto el argumento de que no pudo existir sin principio -argumento que no pueden refutar-, pero afirmo esto: si el mundo existió desde siempre, no puede tener ninguna razón de ser. Pues ¿qué planes pudo introducir la inteligencia en aquello que nunca tuvo principio? Y es que, antes de hacer u ordenar una cosa, hay que planearla, para poder establecer la forma de hacerla; y no se puede empezar nada sin que la razón lo haya previsto. Así pues, a toda obra precede un plan racional: no tiene, pues, plan racional lo que no ha sido hecho; ahora bien, en el mundo subyace un plan racional, ya que existe y es regido; luego ha sido hecho; y si ha sido hecho, también tendrá final. Que nos den, pues, éstos, si es que pueden, la razón por la cual el mundo fue hecho en un principio y acabará después. Y, puesto que no pudo darla, Epicuro, o Demócrito, dijo que el mundo tuyo origen en la mezcla casual de los átomos entre sí, y que después, cuando estos átomos se separen, seguirá la disgregación y la muerte. Así pues, Epicuro estropeó la recta intuición que tuvo, destruyó totalmente toda su teoría por ignorancia de su sentido racional, y redujo el mundo y todos los fenómenos que en él ocurren a una especie de sueño inconsistente, ya que para él ningún plan racional subyace en las cosas humanas.

Lactancio prosigue su discurso errado fundamentado en una serie de conclusiones que afirma también erradas, producto de la ignorancia. Una que, repito, podemos incluso ver en cristianos 17 siglos después de él. Una que, como digo siempre, parte de un egocentrismo y antropocentrismo propios de una religión que intenta ensalzarlos para conseguir seguidores. De hecho son exactamente las mismas conclusiones y afirmaciones que usa el creacionismo:

Ahora bien, puesto que al mundo y a todas sus partes los rige, según vemos, una maravillosa racionalidad, puesto que el clima moderado de la atmósfera, el curso, inmutable en su propia variedad, de los astros y de las estrellas del cielo, la regular y admirable distribución de las estaciones, la variada fecundidad de la tierra, las llanuras de los campos, los baluartes y alturas de los montes, la verdura y fertilidad de las selvas, el salubérrimo manantial de las fuentes, el oportuno desbordamiento de los ríos, el opulento y abundante desparramamiento del mar, el variable y útil soplo de los vientos, y todas las demás cosas están sometidos a un orden racional perfectísimo, ¿quién hay tan ciego que piense que todo eso, en lo cual brilla la admirable disposición de una inteligencia providentísima, ha sido hecho sin una causa? Así pues, si nada hay ni se hace sin una causa, si la providencia del sumo Dios es evidente en la ordenación de las cosas, su virtud en la grandeza de las mismas, y su poder en la forma de regirlas, son obtusos y locos quienes negaron la existencia de la Providencia. Yo no los refutaría si negaran la existencia de los dioses para afirmar la de uno solo; pero, dado que afirman que no existe ningún dios, delira quien no piense que ellos deliran.

Tras esta muestra de intolerancia y fanatismo, continua la falacia non sequitur y una muestra de lo erradas que estaban sus conclusiones con respecto a la biología: pues, efectivamente, tanto los champiñones como los homínidos, nacen por reproducción celular y un ancestro celular en común. Pero sigamos leyendo al apologista del siglo III ec y su querida Providencia utilitarista antrópica…

Pero sobre la Providencia ya he dicho bastante en el libro primero. Si existe esa Providencia -cosa-que es evidente por la maravilla de sus obras-, esa misma Providencia necesariamente tuvo que crear al hombre y a los demás seres animados.

Veamos, pues, qué razón subyace en la creación del género humano, puesto que consta -cosa que dicen los estoicos- que el mundo fue creado para los hombres; aunque en esto mismo cometen un no pequeño error, ya que dicen que fue creado para los hombres y no para el hombre: y es que nombrando a uno solo, se está nombrando a todo el género humano.

Pero ellos dicen eso porque no saben que Dios creó un solo hombre y piensan que los hombres nacieron cual setas en todas las tierras y campos. Hermes, sin embargo, no ignoraba que el hombre fue creado por Dios y a semejanza de Dios. Pero vuelvo al tema propuesto. Nada hay, pienso, que haya sido hecho para sí mismo, sino que todo lo que realmente es hecho, es necesariamente hecho para uso de alguno. Pues ¿quién es tan torpe o está tan ocioso que emprenda en vano la realización de algo de lo que no espere ninguna utilidad y ningún provecho? Quien construye una casa, no la construye sólo para que sea una casa, sino para poder vivir en ella; quien fabrica una nave, no emprende esta tarea sólo para que exista la nave, sino para navegar sobre ella; igualmente, quien crea y modela un vaso, no lo hace sólo para que se vea lo que ha hecho, sino para que ese vaso cumpla una función necesaria; de la misma forma, cualquier otra cosa que se hace, no se hace en vano, sino para alguna utilidad práctica. Así pues, el mundo fue creado por Dios no por el propio mundo en sí: y es que el mundo, puesto que carece de sentido, no necesita el calor del sol, la luz de la luna, el soplo de los vientos, el agua de las lluvias, ni el alimento de los frutos. Pero tampoco puede decirse que Dios hizo el mundo para sí mismo, puesto que él puede vivir sin el mundo, como vivió antes, y el propio Dios no utiliza ninguna de las cosas que hay en el mundo y que en él se producen.

Lactancio prosigue, de nuevo, usando la falacia antrópica en la que se encuentra inmerso…

Está claro, pues, que el mundo fue creado para los seres animados, ya que los seres animados son los que disfrutan las cosas que hay en él: para que puedan vivir y existir les son suministradas en los momentos oportunos todas las cosas que les son necesarias. A su vez, que todos los demás seres animados fueron creados para el hombre está claro por esto: porque sirven al hombre y porque le han sido dados a éste para su protección y utilidad, ya que, sean terrestres o acuáticos, no conocen la razón de ser del mundo, como la conoce el hombre.

Lactancio vs Cicerón: lo malo es bueno

Para lactancio, en su gran ignorancia producto del sesgo religioso, incluso lo malo es así para cumplir con el propósito divino de ofrecerle un reto al hombre, que según él creía estaba formado de «elementos contradictorios». Pero no los elementos, tal y como los entiende la química que se desarrollaría gracias a los descubrimientos científicos siglos después, sino en base a su concepción dualista. Los males, por su puesto (y esto a los cristianos ahora les da por negarlo pese a que los cristianos primitivos como Lactancio lo sacaban de sus textos sagrados) los creó dios para dicho fin: el suyo propio.

Éste es el momento de contestar a los filósofos, y principalmente a Cicerón, quien dice: «¿Por qué Dios, si hizo todas las cosas para nosotros, dio tanta virulencia a las serpientes venenosas y a las víboras? ¿Por qué desparramó tantos productores de pestes por la tierra y por el mar?»

Extensa materia a discutir es ésta, pero, como estamos de paso en ella, hay que resumirla brevemente. Dado que el hombre fue configurado de elementos diferentes y contradictorios -de alma y de cuerpo, es decir, de cielo y de tierra, de elemento tenue y de elemento material, de eterno y temporal, de sensible y de insensible, de luz y de tinieblas-, la propia exigencia racional pedía que al hombre se le ofrecieran bienes y males: bienes, para utilizarlos, males, para evitarlos y rechazarlos. Por ello, pues, se le dio la sabiduría, para que, conociendo la naturaleza de los bienes y de los males, dedicara la fuerza de su inteligencia a la búsqueda de los bienes y al rechazo de los males. A los demás animales, puesto que no se les ha dado la sabiduría, se les ha protegido y armado con defensas naturales; pero al hombre Dios le concedió, en lugar de todas esas defensas, lo que era más importante: sólo la inteligencia. Por ello le creó desnudo e inerme, para que la sabiduría le protegiera y guardara: puso sus defensas y adornos, no fuera, sino dentro; no en el cuerpo, sino en el espíritu. Así pues, si no existieran males ante los que protegerse y males que distinguir de lo bueno y de lo Útil, no le haría falta la sabiduría. Que sepa, pues, Marco Tulio que al hombre se le dio la inteligencia para que pescara peces para su consumo y para que evitara las serpientes venenosas y las víboras en aras de su salud; o viceversa, se le ofrecen males y bienes porque ha recibido la inteligencia, cuya función consiste totalmente en el discernimiento de bienes y males. Así pues, grandes, rectos y admirables son la fuerza, la razón y el poder del hombre, en función del cual hizo Dios el mundo y todo lo que existe; y le concedió el gran honor de ponerle al frente de todo, para que él solo pudiera admirar las obras de Dios. Muy bien, pues, habla mi Asclepiades, al analizar la providencia del sumo Dios en el libro que me dedicó, con estas palabras: «Y por ello con razón quizás alguien piense que la divina Providencia dio un estado próximo al suyo a aquel que pudiera comprender sus planes. Efectivamente, ahí está el sol: ¿quién lo ve de forma que entienda su existencia y los beneficios que proporciona a los demás? Ahí está el cielo: ¿quién ¡o acepta? Ahí está ia tierra: ¿quién la cultiva? Ahí el mar: ¿quién lo navega? Ahí el fuego: ¿quién lo usa?». Creó, pues, el Dios sumo todas las cosas, no para él, porque no necesita nada, sino para el hombre, quien debía utilizarlas convenientemente.

Demos ahora la razón por la cual hizo al propio hombre. Si los filósofos la hubieran sabido, O bien habrían defendido del hombre la parte de verdad que encontraron o bien no habrían caído en los grandes errores en que cayeron. Y es que éste es el meollo, éste es el quicio de la cuestión; y a aquel que no lo encuentra se le escapa toda la verdad; ello es lo que determinó que no
razonaran con lógica: si esta lógica les hubiera alumbrado, si hubiesen conocido totalmente el misterio del hombre, nunca la Academia hubiese yugulado de lado a lado sus análisis y toda su filosofía.

Lactancio vs Lucrecio: la religión de Lactancio no concebía el cerebro

Como muestra de cómo la religión pervierte el pensamiento hasta hacer que alguien, por un sesgo de defensa de estatus, se dedique a razonar falazmente llegando a conclusiones preestablecidas sin evidencia alguna (como el dualismo promulgado por su religión) frente a las conclusiones que se llegan filosóficamente tenemos la parte en la que Lactancio discute las conclusiones razonadas de Lucrecio cuando este último intuye  (un milenio antes de que se descubriera cómo funciona el cerebro) que lo que ellos, en esa época, consideraban «alma» (los pensamientos: las ideas, personalidad, consciencia, memoria, inteligencia, emociones, etc.) nacían con el cuerpo humano. Como con lo anterior, la religión muestra un ejemplo de estancamiento de ideas y concepciones poco fundamentadas, cuando vemos a  los cristianos de este siglo XXI con exactamente las mismas supersticiones que Lactancio diecisiete siglos atrás.

Rechacemos ahora los argumentos de aquellos que dijeron lo contrario, argumentos que expuso Lucrecio en su libro tercero: «Dado que el alma nace con el la cuerpo, morirá necesariamente con el del alma  cuerpo».

Pero no son iguales las propiedades de uno y otra: el cuerpo, en efecto, es sólido y perceptible con los ojos y las manos, mientras que el alma es tenue y escapa a la vista y al tacto. El cuerpo está hecho de tierra y es compacto, mientras que el alma no tiene nada de material ni de peso terreno, como dice Platón. Y es que no podría tener tan gran viveza, tan gran energía  y tan gran agilidad, si no tuviera origen en el cielo. Así pues, el cuerpo, puesto que está hecho de material pesado y corruptible, y es tangible y visible, se corrompe, muere y no puede evitar la violencia externa, ya que es visible y tangible, mientras que el alma, que evita en su ligereza todo tacto, no puede ser disuelta por ningún golpe.

En consecuencia, aunque nacen niños unidos y asociados entre si y uno de ellos -el que está formado de material terrenal- es algo así como el recipiente del otro -del que ha salido de la ligereza celestial-, cuando alguna fuerza los separa, separación que llamamos muerte, cada uno vuelve a su ser: el que era de la tierra, se disuelve en la tierra, y el que procede del espíritu celestial, permanece y vive siempre, puesto que el espíritu divino es eterno. Incluso el propio Lucrecio, olvidándose de lo que había dicho antes y del dogma que había defendido, introduce después estos versos:

«Lo que antes era de la tierra, vuelve después a la tierra; pero lo que ha salido de las regiones etéreas, es recibido d/e nuevo en los luminosos templos del cielo».

No debía decir estas cosas quien antes había dicho que las almas mueren con los cuerpos: pero fue vencido por la evidencia de la verdad y la verdadera doctrina penetró en él sin que se diera cuenta. Además, eso mismo que resumió -que el alma se desintegra, es decir, que muere juntamente con el cuerpo, porque ambos nacen juntos es falso y puede convertirse en un argumento en contra; efectivamente, el cuerpo no muere al mismo tiempo, sino que, cuando el alma se separa, permanece intacto muchos días y con frecuencia, embalsamado, dura mucho tiempo.

Si, de la misma forma que nacen al mismo tiempo, murieran al mismo tiempo, el alma no se retiraría ni abandonaría el cuerpo de repente, sino que en el mismo instante desaparecerán los dos, y el que es cuerpo mientras permanece todavía en él el espíritu vital, se desintegraría y moriría en el momento mismo en que le abandona el alma; y a su vez, el alma, una vez disuelto el cuerpo, se desparramaría como el líquido desparramado tras romperse el vaso.

Pues bien, si el cuerpo, que es de tierra y es frágil, no se diluye y pudre en la tierra, su origen, inmediatamente después de la separación del alma, hay que concluir que el alma, que no es frágil, permanece para siempre, puesto que su origen es eterno.

 

Un resumen de cuanto puede uno cagarla debido a sus creencias religiosas

Basta ver qué se sabe ahora sobre cómo es el mundo y el universo, en general, para ver cuanto de equivocado y acertado estaban unos y otros. En este caso el apologista cristiano, Lactancio, contra todos los filósofos a los que pretende discutir y refutar mediante sofismas y axiomas que la evidencia científica iría tumbando siglo a siglo.

Lactancio no es más que un ejemplo de cómo funciona el pensamiento mágico y el efecto Dunning-Kruger desde siempre en la religión.

Veamos pues una muestra de las «perlas de sabiduría» de este cristiano:

Lactancio cagándose en la Ciencia: el hombre no puede obtener conocimiento

Así pues, no hay ninguna sabiduría humana si el hombre intenta llegar al conocimiento y a la ciencia de la verdad por sí solo, ya que la inteligencia humana, atada a un cuerpo frágil y cerrada en una cárcel tenebrosa, no puede vagar con libertad ni ver con claridad la verdad, cuyo conocimiento es propio de la condición divina. Sólo Dios conoce, pues, sus obras; el hombre, sin embargo, puede alcanzar la verdad, no con sus pensamientos y análisis, sino aprendiéndola y escuchándola de aquel que es el lo único que puede conocerla y enseñarla.

Lactancio dice tener la verdad, frente a los filósofos, en cuanto a la edad del mundo… porque lo dice la Biblia

…como pensaban que nadie podía refutarles en este tema, se creyeron que podían mentir libremente. Nosotros, sin embargo, que hemos sido instruidos en la ciencia de la verdad por las letras divinas, conocemos el comienzo del mundo y su final: de esto hablaremos ahora al final de la obra, puesto que de su comienzo disertamos en el libro segundo.
Que sepan, pues, los filósofos que dicen que han pasado mil siglos desde el comienzo del mundo que todavía no se ha cumplido el año seis mil; una vez que se cumpla este número, vendrá necesariamente el final, y la situación humana cambiará a mejor. Lo primero que hay que exponer son las razones de esta afirmación, para que resplandezca la verdad.
Dios acabó el mundo y esta admirable obra de la naturaleza en seis días, según se dice en los antiguos testimonios de las Sagradas Escrituras, y santificó el séptimo día, en el que descansó de sus trabajos.

«La paja en ojo ajeno» y el efecto Dunning-Kruger

A ese posible lector, sin embargo, yo le pido, si es que puede ser, en aras de su calidad de hombre, que no condene hasta que no lo .conozca todo. Y es que, si se da a los sacrílegos, traidores y envenenadores la posibilidad de defenderse y no se puede condenar de antemano a nadie sin conocer la causa, no debe parecer a nadie que no tengo razón al pedir que, si alguien se acerca a esta obra mía, la lea totalmente, si es que la lee; y que, si la escucha, pronuncie su sentencia sólo al final. Pero yo conozco la tozudez de los hombres y nunca conseguiré eso. Tienen, en efecto, miedo de que, vencidos por nosotros, se vean obligados a ceder en algún momento ante la presión de la verdad. Hacen ruido, pues, y se ponen de espaldas, para no oír, y cierran sus ojos para no ver la luz que les ofrecemos: con ello están sin duda dando pruebas de la desconfianza que tienen en su propia causa ya perdida, ya que no se atreven ni a conocer nuestras razones, ni a enfrentarse a nosotros, porque saben que serán fácilmente superados.

Fuente: Libro V

Definición involuntaria de fanatismo religioso y falacia ad baculum como vía para conseguir seguidores acérrimos

no sólo no debilitan a esa religión con sus injurias y vejaciones, sino que se engrandece y afirma constantemente. Y es que la maldad de ellos sale derrotada incluso en esto: en que creen que erradicarían totalmente la religión de Dios si consiguieran pervertir a todos los hombres, cuando está precisamente permitido arrepentirse ante Dios y no hay ningún fiel tan malvado que, si se le da ocasión de congraciarse con su Dios, no vuelva, incluso con más devoción que antes. Y es que la conciencia de pecado y el miedo al castigo hacen al hombre más religioso, y la fe recuperada con la penitencia es siempre mucho más firme.

Entre nosotros, sin embargo, el sexo débil y la edad frágil aguantan torturas y quemaduras en todo su cuerpo, no por necesidad, ya que lo pueden evitar si quieren, sino por su propia voluntad, porque confían en Dios. Ésta es es la auténtica virtud, que incluso los filósofos, no con hechos, sino con palabras vacías, proclaman orgullosamente, diciendo que no hay nada tan acorde con la sensatez y fortaleza de ánimo de un sabio como el no poder ser obligado a renunciar a su opinión por ningún tipo de terror, sino que merece la pena ser atormentado y morir con tal de no traicionar la fe, y no apartarse de la obligación ni hacer nada injusto por miedo a la muerte o al crudo dolo

Los filósofos no conocen el bien

… ya que no había realmente en la tierra un bien que permitiera a los filósofos ver en qué consistía o cuál era su esencia. Y ojalá tantos y tan ilustres varones hubieran tenido tanta ciencia como elocuencia y ardor para defender esa gran virtud, cuyas raíces están en la religión y cuyo sentido es la equidad! Pero quienes no conocían ni la religión ni la equidad, no pudieron conocer el bien. Yo, por mi parte, quiero en primer lugar mostrar con precisión y brevedad la esencia del bien, para que se sepa que los filósofos la desconocían y que no podían defender lo que en absoluto conocían.

Los sabios y los filósofos no saben nada: todos los que no crean en su dios están ciegos, sordos y carecen de virtud alguna

Dios, en efecto, perdona los pecados. Así pues, sin algunos miembros se puede vivir; sin la cabeza, de ninguna forma. Ello determina que los filósofos, aunque sean buenos por naturaleza, no saben, sin embargo, nada, y en nada son sabios: toda su ciencia y virtud están privadas de cabeza, porque desconocen a Dios, que es la cabeza de la virtud y de la ciencia; y quien no conoce a Dios, aunque vea, es ciego; aunque oiga, es sordo; aunque hable, es mudo. Pero en cuanto conozca al creador y padre de las cosas, verá, oirá y hablará, ya que empieza a tener cabeza, en la cual están colocados todos los sentidos, es decir, los ojos, los oídos y la lengua.

Los filósofos, que no saben nada, solo dicen tonterías y cosas absurdas con su ciencia

De todo lo anterior se deduce que el que está lejos de la religión del único Dios no puede conocer ni comprender las virtudes ni los límites precisos de las virtudes. Pero dejemos a un lado a los filósofos, los cuales o bien no saben nada y lo poco que saben lo tienen como elevada ciencia, o bien no entienden lo que del cristiano saben, o bien, al creer que saben lo que no saben, dicen absurdas y arrogantes tonterías. Nosotros, pues, para volver a lo que nos proponíamos, ya que a nosotros sólo nos reveló Dios la verdad y a nosotros sólo se nos envió la sabiduría desde el cielo, hagamos lo que nos manda Dios, nuestro iluminador.

En fin. Creo que podría seguir exponiendo ejemplos de cuan de tolerante hace la religión a la gente, como lo hizo con Lucio, pero creo que con esta muestra de prepotencia y atrevida arrogancia es suficiente. Espero que lo hayan disfrutado, junto con el resto de artículos dedicados a otros «ilustres» cristianos que he enlazado al principio del artículo. Sobre todo aquellos que, sesgados por sus creencias religiosas, siempre me vienen a presumir de lo tolerante que es su religión y cuanto ha apoyado esta el conocimiento científico o el pensamiento libre y crítico.

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3 comentarios

  1. Hay cosas que se pueden disculpar sobre conocimiento científico por la época en la que escribió, aunque la inspiración divina podría haberle echado una mano.

    Lo demás es el fanatismo religioso de siempre, y si Orwell decía que la ignorancia es la fuerza lo es por algo.

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